jueves, 30 de julio de 2015

Un señor muy viejo con unas alas enormes
Cuento de Gabriel García Márquez
         Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.
         Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante. Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.
         — Es un ángel –les dijo—. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la lluvia.
         Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde la cocina, armado con un garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alumbrado. A media noche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en altamar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo.
         El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó un instante su catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca de aquel varón de lástima que más parecía una enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de fruta y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.
         Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada para ver al ángel.
         Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó zumbando varias veces por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que esperaban su turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.
         El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba buscando acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron de que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando le picoteaban las gallinas en busca de los parásitos estelares que proliferaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando de que se levantara para verlo de cuerpo entero. La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo.
         El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.
         Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no sólo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los dormitorios.
         Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron de que no estuviera cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes de que el niño mudara los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al niño no resistió la tentación de auscultar al ángel, y encontró tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no podía entender por qué no las tenían también los otros hombres.
         Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin dueño. Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas delirantes en trabalenguas de noruego viejo. Fue esa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos.
         Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de estos cambios, porque se cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie oyera las canciones de navegantes que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.


miércoles, 15 de julio de 2015

LAS PALABRAS

‎"…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Que buen idioma el mío, que buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras."

Pablo Neruda - Confieso que he vivido

martes, 30 de junio de 2015

CARLOS SKLIAR ENTREVISTADO POR ROBERTO VALENCIA para Micro-revista


Candaya publicó en 2012 No tienen prisa las palabras, un volumen de poesía en prosa donde las observaciones cotidianas convivían con las indagaciones sobre la realidad que el lenguaje propicia desde su desenvolvimiento poético. Skliar es pedagogo e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de la Argentina, y del Área de Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Aprovechamos su visita a España en el mes de mayo para reflexionar con él sobre el lenguaje poético.

Tu primer libro de poesía se publicó en 1981. Pero después no volviste a escribir hasta 2009, cuando editaste en Argentina Hilos después. ¿A qué se debe estos 28 años de silencio?

Creo que cuando uno es joven y tiene cierta pretensión de ser poeta ignora por completo que dejará de ser joven y, en cierto modo, dejará esa poesía o será dejada por ella. Al menos esa poesía que es solo rebelión –o reacción– del cuerpo y del lenguaje; esa extraña y necesaria decisión de escribir apenas para abandonar y destronar la palabra heredada. Quisiera pensar que ese silencio que se instaló en mí durante 28 años fue el secreto de una voz que no encontraba modo de expresión en la poesía, aunque sí en la lectura. No escribía y, sin embargo, la lectura, la soledad en la lectura, seguía transitando por el camino de la poesía o de la poética. Como si allí no hubiera silencio o como si el poeta lo fuera igualmente solo leyendo poesía. Por otro lado, debido a mi trabajo académico, el canon de escritura más científica obró como una suerte de desvío del lenguaje o de cercenamiento de la imagen y la percepción. A veces el lenguaje desobedece, simplemente.
¿Qué sentimientos tenías en todos estos años sin escritura poética?

Es curioso: siempre he pensado que no tengo ninguna propiedad ni potestad sobre la escritura y que mi relación con ella es de pura distracción o bien de pura tensión. Si la muerdo, si la agarro, si sostengo como puedo esa tensión, la escritura se queda conmigo, no se me va, más allá de los resultados. Pero si por alguna razón me torno indiferente, aunque sea por un instante, noto enseguida cierta vacilación, cierta oscuridad, cierto desasosiego. Durante los años que pasé sin escritura poética, aquello que percibí fue sobre todo una ausencia mía, un desprendimiento de algo de mí, una falta de intensidad en el estar en el mundo, una posición austera de melancolía. Hubo de existir un revulsivo, un encuentro, una cierta forma de alteridad para sacudir esa letanía. En mi caso fue la lectura de Hilos de Chantal Maillard y el encuentro con la poeta. Su relación con el lenguaje, su presencia, algunas confesiones comunes, me devolvieron una forma de respiración que creía haber perdido para siempre. Quizá lo que creemos que se ha perdido esté a la espera de su búsqueda.

Dices que hay que forzar para situarse en el plano poético del lenguaje. De un modo ingenuo me gustaría preguntarte si ese forzamiento no es un poco violento, algo que no está sincronizado con la expresión natural.

A veces pienso que la escritura se me escapa de las manos, literalmente. Como si escribir fuera una tensión particular, una relación del todo corporal con la lengua. Por supuesto creo que está antes la pregunta acerca de si hay algo para decir, no importa quien lo diga. No, no creo que se trate de un forzamiento, pero sí de “agarrárselas” con la escritura, cara a cara. Es una relación, si se me permite la expresión, de amorosidad. Cuando una poética ha forzado el lenguaje, cuando lo ha violentado, las palabras resultantes dicen pero no nos dicen, pasan pero no nos pasan, escriben pero no nos inscriben. Pienso ahora en aquello que Hèléne Cisoux cuenta en La llegada a la escritura: “Lo que quiere fluir, es soplo. Y no de cualquier manera. El soplo “quiere” una forma. “¡Escribime!”. Un día me suplica, otro me amenaza. “¿me vas a escribir o no?”. Esta es, también, mi experiencia: a veces la escritura me suplica y me amenaza con escribir; otras veces, nada me dice, ni siquiera se da cuenta de que existo.

Me parece que tu poesía es una poesía del lenguaje y de la observación. En tu libro No tienen prisas las palabras encuentro varios poemas sobre la no obediencia del lenguaje, que siempre parece a punto de rebelarse contra el hombre. ¿Cómo es tu trabajo sobre el lenguaje? ¿Tratas de domesticarlo? ¿De ampliar su resonancia? ¿De volverlo contra ti?

No tienen prisa las palabras es un libro escrito de a pie, caminando, en una travesía que resulta ser, también, una encrucijada. El lenguaje me ha desobedecido todo el tiempo y creo no equivocarme si digo que ese es uno de los pocos principios del lenguaje poético que conozco: el lenguaje no está, no es, no existe y hay que salir a buscarlo, a rumiarlo, a sentirlo, a percibirlo, a pensarlo. La batalla es desigual, ciertamente, y entre lo dicho y lo ignorado, entre lo susurrado y lo escrito habrá siempre un vértigo y un abismo que no se resolverá jamás. No intento nunca domesticar el lenguaje, necesito a cada momento el extrañamiento, la sensación de que le soy ajeno al lenguaje y que el lenguaje lo es conmigo. Pero he aprendido de Peter Handke esa posibilidad de reaccionar con el lenguaje, de sustraerlo de la comunicación y la información y de acercarlo y acercarme a una especie de expresión, digamos, perceptiva: escuchar, tocar, mirar, oler, saborear el lenguaje y el mundo. La cuestión sería: cómo exponernos al mundo y al lenguaje, a la vida y a sus palabras ¿desde una posición de altura, de privilegio, de artificio? ¿O bien desde una radical perceptiva, de afección?

¿Esta rebeldía del lenguaje hace que el ejercicio poético tenga algo de azaroso?

Me parece que lo que vuelve azaroso lo poético es, justamente, el laberinto de la travesía, la incapacidad de trazar líneas rectas o utilitarias, el modo en que nos exponemos a lo que percibimos. En No tienen prisa las palabras  mi sensación ha sido más la de interrupción que la del azar. Quiero decir: atravesar el mundo supone –lo disimulemos o no, lo encarnemos o no– un permanente encuentro y desencuentro con cuerpos y voces de desconocidos. Estar en el mundo y estar en la poesía tal vez supongan algo parecido: desestimar cualquier idea o vestigio de normalidad, de habituación, de ese encogimiento de hombros que significa que “así son las cosas”. Allí se muere parte del mundo y, también, parte de uno mismo. Si de verdad escuchamos, si de verdad miramos, si de verdad nos pasa algo más allá del relato apacible de nuestra existencia, las interrupciones comandan el lenguaje, ofrecen una suerte de dictado: “Escribir, entonces, mirándote a los ojos, deseando tu dictado”. Es al mundo a quien quisiera mirar a los ojos; es al otro a quien le ruego su dictado.

Dices: “Necesito a cada momento el extrañamiento, la sensación de que le soy ajeno al lenguaje y que el lenguaje lo es conmigo”. ¿Por qué es necesario para ti ese extrañamiento?

Sin extrañamiento, sin perplejidad y, en cierto modo, sin el desvanecimiento del“yo” no podría pensar en la escritura de lo poético. Tener dominio del lenguaje no deja de ser una ilusión, una creencia, pero también una traición hacia uno mismo. ¿Qué anima a la escritura? ¿Qué origina el gesto del escribir sino esa extraña necesidad de traducir como se pueda aquello que excede a la razón, lo que provoca zozobra, lo que desborda, lo que se ignora y se seguirá ignorando? Lo ajeno, lo otro, es también la distancia necesaria para que algo ocurra: si todo fuera interioridad, si todo tuviera que ver con lo que forma parte de mí y es mi reino, si cada escritura procede de una voz certera y confesional: ¿dónde está la extrañeza de lo diferente, de lo que no se repite, de lo que es contingente? ¿Cómo sería posible escribir sin sentir de verdad que es posible mirar, como decía Pessoa, como si fuera por primera vez? A mi modo de ver la escritura poética supone una pérdida del control, que las palabras hagan su travesía en mí, que mi cuerpo sea el hogar del lenguaje. Y, como se sabe, toda morada supone hospitalidad y hostilidad: encuentro y desencuentro.

Pero, ¿por qué hay que salir a la búsqueda de algo que nos desborda?

No, no hay que salir. Hay que salirse, que es distinto. Irse fuera es estar expuesto, es atender, es escuchar, es ser paciente y, de algún modo, también pasional. Sucede que el mundo me es mucho más interesante que este “yo” que lo percibe y ordena. No busco el desborde, pero siento en carne viva el paso de los desconocidos, el azar de las conversaciones, las irrupciones de lo inesperado. De ello se tratará el próximo libro: una escritura que nace a partir del estremecimiento diario. Por ejemplo: “Cuando amanece la señora de rostro blanco se apoya en su balcón de malvones jamás abandonados y mira el paso de la gente a través de la calle o, quién sabe, el paso de la calle a través de la gente. El universo es todo aquello que cabe en su mirada. No sería posible reconocer esa calle si no fuera por la mujer de tez de luna inmutable. “Se está bien allí ¿verdad?”, le digo una tarde de lunes, más o menos a las cinco. Con su voz bellamente agrietada, me responde: Sí, se está bien afuera. Es que adentro hay demasiados recuerdos”. Me desborda algo, alguien, que no busco y que, sin embargo, existe, está. Me pregunto, entonces, si escribir no tendrá que ver, también, con encontrarse con lo desconocido y con los desconocidos e intentar que el lenguaje no traicione la sorpresa, esa forma inexacta que asume la perplejidad.
Y esa búsqueda de lo que nos desborda, ¿no es una pretensión vanidosa, arrogante, un decir “aquí va el superhombre, a pecho descubierto, a batirse contra las tinieblas”?

No  siento a priori que alguien necesite que algo le sea dicho y, aún menos, que seré yo quien lo diga. Tampoco pienso que hay que hacer transparente el mundo para que otros lo comprendan. Carezco de esa vitalidad impune. No asumo como propia ninguna noción de posible misión para la escritura. Pero no dejo de pensar que el mundo ocurre entre brumas y que estamos siempre expuestos desde una desnudez extrema. Lo que nos desborda es lo incomprensible y el lugar de fragilidad en el que nos encontramos. Hace poco escribí: “Nadie me ha pedido estas palabras. Lo que dicen no proviene ni de un rostro, ni de un recuerdo confundido por el tiempo, ni de ninguna herida expuesta. Se escriben porque sí, porque existe el mientras tanto, porque hay cosas que no son ni están dentro o fuera; son como ese llanto o esa risa que no viene a cuento de nada; hábitos como señuelos de la soledad o como imágenes que se quedaron huérfanas. Hay palabras que se arrojan al aire, palabras que se amarran al suelo y otras que no dicen nada. Sin embargo, alguien podría suponer que son estas las palabras que esperaba, lo que es completamente cierto. Como si llegaran de otro sitio, de otra época. Como si no tuvieran destino, pero sí destinatarios. Palabras que al leerlas crean, entonces, una curiosa memoria nuestra: los trazos de los nombres y de los pájaros, la infancia que se esconde para no ser descubierta, los abuelos que por la noche regresan. A nadie, a ninguno escribo. A nadie, a ninguno, nunca, le diré qué hay que hacer, cómo soñar, de que lado del sol o de la montaña está su mundo. Porque de cada uno es el silencio. Y de cualquiera podrían ser estas palabras”.

¿Qué le aporta al lector un lenguaje poético como el tuyo? ¿Una ampliación de los límites de la percepción? ¿Una afinación del pensamiento?

Quisiera responder no por lo que intuyo o imagino sino por lo que he recibido de parte de algunos lectores últimamente. Hay tres cosas que me llaman la atención en esos comentarios: primero, el fenómeno de la punta de la lengua. A veces me dicen que lo que escribo es casi lo que hubieran escrito otros si hubieran podido, como si se tratara de un lenguaje al alcance de la mano, a punto de ser pronunciado por varios. Segundo, la percepción que mi escritura es una mezcla no definida entre sensaciones y pensamientos –“sensamientos” como los definió el filósofo Jorge Larrosa–: una escritura que no es de aforismos, que no es de micro-relatos, que no es de poesías, pero que tampoco deja de serlo. Y tercero, la noción de párrafo como respiración. Me comentan que al leer algunos fragmentos la respiración les llega justo al punto final, como si se quedaran conmigo, antes de distraerse con cualquier otra cosa o de desmoronarse con la escritura. De algún modo es esto lo que encuentro, no sé si lo que busco: una fuerte sensación de lo que puede ser común, reunir sin artificios el sentir y el pensar, el escribir como respirar.

¿Puedes poner algún ejemplo del fenómeno “punta de la lengua” que te haya ocurrido recientemente?

Dice Pascal Quignard: “Todos los nombres están ‘sur le bout de la langue’, en la punta de la lengua. El arte consiste en saber convocarlos cuando es necesario (…) La mano que escribe es más bien una mano que hurga en el lenguaje que falta, que avanza a tientas hacia el lenguaje que sobrevive, que se crispa, se exaspera, que lo mendiga de la punta de los dedos”. Cito este fragmento porque ese fenómeno me ocurre en dos sentidos diferentes: a veces me descubro, inadvertido, hablando solo, pronunciando sonidos, realizando gestos sin motivo alguno. Cuando me doy cuenta, es que quizá estaba intentando encontrar una cierta sonoridad a una idea que pugnaba por encontrar su forma en el lenguaje, en la escritura. La calma sobreviene después, primero está esa crispación que se expresa en los movimientos involuntarios y que da rodeos alrededor de la lengua. En otro sentido, me ha ocurrido a veces que al compartir algunos fragmentos o párrafos en las redes sociales, algunas personas expresan aquello de quería decir exactamente eso y no sabía cómo o bien la tentación de los lectores en producir variaciones mínimas sobre lo que escribo: yo hubiera puesto aquella palabra un poco más allá o más acá. La comunión de la punta de la lengua. En la punta de la lengua.

Creo ver que ya te estás rebelando contra algunas formas previas de composición literaria, como el aforismo, el microrrelato. ¿Temes que encasillen tu trabajo en estas formas? ¿Por qué?

Quisiera conservar para mí un pequeñísimo grado de libertad con respecto a esas formas previas. Aunque se que se trata más de una incapacidad que de suficiencia. Al escribir, a cada momento en que algo parecido a la escritura sobreviene, carezco aún de estructura, de género. Mi escritura llega hasta donde llega mi respiración: es lo único que he podido saber y hacer hasta ahora. Por supuesto, me he visto en medio de algunas polémicas intrascendentes a este respecto. Intrascendentes porque no tengo una obra sobre mis espaldas como para poder o necesitar encuadrarme. Pero también porque hay algo de fundamentalmente provisorio y precario en lo que escribo. Hoy y desde hace un par de años mi escritura ha tomado esta forma abreviada, de párrafo: ¿es el resultado de lo que puedo o más bien de lo me es imposible hacer de otro modo? Si lo que escribo es breve  no creo que sea el resultado de una adscripción previa al género. Tengo la sensación que si los párrafos que escribo no se separaran visualmente y se reunieran unos detrás de otros ya no habría una cuestión de brevedad. En cierto sentido no encuentro otra cosa que una poética de largo aliento encarnada en una escritura de soplo corto.
Por otro lado, tu poesía me parece eminentemente filosófica. Y aquí encuentro desde poemas morales hasta observaciones sobre el ejercicio cognitivo. ¿Por qué utilizas la poesía para dar salida a estos contenidos y no el ensayo? ¿Por qué el lirismo y no la dialéctica?

Creo que en mi caso escribir tiene más que ver con un ejercicio del filosofar que con la disciplina filosófica en sentido estricto. Por supuesto no niego mis lecturas habituales de filósofos y su presencia manifiesta en mi escritura, pero es que algunos de ellos son precisamente quienes han pulverizado en cierto modo el lenguaje secreto, encriptado, sosegado, ceremonial y hasta desapasionado de su ciencia: entre otros Nietzsche, al aproximar su escritura al gesto del habla; Deleuze, provocando inmensas grietas de sentido; Derrida, inscribiendo en la escritura la ambigüedad de la palabra, etcétera. Desde un punto de vista más poético, es imposible sustraerme de la lectura de Roberto Juarroz o de Octavio Paz o de Philippe Jaccottet: hay algo de filosófico en ello, en el sentido de una persistente revelación de lo que es incompleto en lo humano. Como si el filosofar y el poetizar fuesen dos modos solidarios de preguntarse por todo lo que aún es inconfesable.
Pero, ¿no te parece que donde llega la poesía jamás llega la filosofía? ¿Que la poesía es, por otra parte, una disciplina más libre que la filosofía?

Después del desacuerdo de Platón, mucha filosofía y mucha poesía ha pasado delante de nuestros ojos y nuestra lectura. Recuerdo, ahora, ese texto bellísimo de María Zambrano, Filosofía y poesía, donde expresa que una de las diferencias entre el filósofo y el poeta radica en la duración del asombro. ¿Qué hacen los filósofos y los poetas con esa duración del asombro o, incluso, con la duración del instante? Cualquier respuesta sería de una generalidad impropia. Pero algo hay allí que podríamos pensar: la tarea de la filosofía –salvo excepciones muy nítidas– resulta de no permanecer demasiado tiempo ni en el asombro ni en el instante y buscar más bien la ley o su regularidad o su estructura o su posible formulación conceptual. Como si su función consistiera en completar el instante y reducir la multiplicidad en una unidad legible; como si se obligara a quitarse de las apariencias; como si necesitara sostener el discurso atento frente a los relámpagos y los estallidos del mundo. Quizá si hubiera alguna tarea en la poesía ella sería la de insistir con el instante, permanecer allí aún enceguecido. Todo lo que quisiera un poeta es que el instante durase. Así lo escribe, por ejemplo, Wislawa Szymborska: “Evidentemente exijo demasiado: tanto como un segundo”. O en este otro fragmento: “Hasta donde alcanza la vista, aquí reina el instante / Uno de esos terrenales instantes / a los que se pide que duren”.

¿Qué viene antes: la percepción o el lenguaje?

Lo primero es el cuerpo, lo que el cuerpo no puede dejar de sentir, ni escuchar, ni mirar, ni pensar, ni decir, ni decirse. En cierta manera creo en un lenguaje habitado por dentro y no apenas revestido por fuera. Como la piel, también el lenguaje toma a veces la forma de un latido cardíaco o de una agitación del respirar o de un extraño y persistente movimiento; otras veces, se convierte en muralla, en defensa, en contención. Me gustaría no utilizar el lenguaje solo como recubrimiento o encubrimiento de la vida. Quisiera ser capaz de un lenguaje como sentido y no solo en lo que puede parecerse a un cierto sensualismo. El lenguaje como desorden, como desobediencia, como una suerte de rebelión frente a un mundo que cada vez nos envejece más de prisa. Un lenguaje a flor de piel, o una piel a flor de lenguaje.
Leyendo un ensayo de Fabián Casas sobre Jorge Aulicino, encuentro esta definición de su poesía: seca, filosófica y emotiva, nada sentimental. Creo que se podría adjudicar tranquilamente a tu trabajo. ¿Estás de acuerdo?

Menos la sequedad, estoy de acuerdo o quisiera estarlo. No hago otra cosa que intentar la humedad en aquello que convoco al escribir: la humedad permanente en los ojos de los abuelos, la humedad de la memoria que no se sostiene, la humedad de los suelos por donde huimos y en donde nos anclamos, la humedad de las sensaciones y de los pensamientos. Lo húmedo como noción de lo inestable, lo casi caído, lo que hunde los pies sobre la tierra, lo frágil; pero también de los paisajes lluviosos, los cuerpos que aman, la soledad y sus murmullos aún por descifrar. Por otra parte, sostengo, sí, la diferencia abismal entre lo emotivo y lo sentimental. Es una frágil y a veces indisimulable frontera en la que me mantengo alerta: lo emotivo es lo conmovedor, lo indisimulable, la reacción sin medida, inclusive cuando aparece bajo la forma del infierno; lo sentimental es la disimulación de la conmoción, cuya única pretensión –y su mayor impostura– es la de una política del efecto y no la poética del desgarramiento.
Tú has escrito un diccionario titulado Lo dicho, lo escrito, lo ignorado, donde redefines con brillantez las palabras que consideras importantes: lector, dolor, ciudad, conversar, fracasar, tiempo… ¿Por qué redefinir estas ideas?

En principio no tuve la pretensión manifiesta de escribir un diccionario. Lo que venía sintiendo era la necesidad de volver a pronunciar el lenguaje, mi lenguaje, de ponerle voz, de darle vida. Como si sintiese que muchas palabras se hubieran caído al suelo y las estuviésemos pisoteando todo el tiempo. Decía Juarroz: “Para construir con ellas un nuevo lenguaje / Un lenguaje hecho solamente con palabras caídas”. Como si ya no pudiéramos conversar con el lenguaje a través de esas palabras o como si no hubiera nadie dentro. Durante seis años, junto a mi sobrino Diego Skliar, hicimos un programa de radio llamado “Preferiría no hacerlo”. Cada programa, una palabra: para rodearla, acecharla, indagarla, desnudarla, sin ningún ánimo de definición o de clausura. En Lo dicho, lo escrito, lo ignorado –en el que reescribí parte de aquellos guiones radiales– hay un procedimiento distinto al de los diccionarios corrientes: comienzo con un ejercicio de pronunciación de cada palabra –el sonido, la palabra en la boca, en la punta de la lengua–, luego un breve ensayo y, por último, una secuencia conceptual de tres dimensiones: la definición del vocablo tal como aparece en los diccionarios, una cita más filosófica o pedagógica y, finalmente, un fragmento poético o literario. Con ello intento, al contrario que una definición o una fijación, el desvanecimiento del sentido único, la disolución de la relación estricta entre una palabra y su significado, la multiplicación casi infinita de su posible pronunciación.

Ese ejercicio de “redefinir” las palabras resignificando el mundo, ¿no es un poco agotador?  

Agotador, infructuoso, imposible. Pero no se trata de esa tarea vana y omnipotente que consiste en creer que hay que inaugurar de nuevo el lenguaje y, con ello, el mundo. No tenemos autoridad, ni moral ni sensible, para semejante pretensión. De lo que se ha tratado es de recuperar el pulso de las palabras, no de redefinirlas. Recuperar aquello que escribió Marina Tsvietáieva: tener una percepción, no una concepción del mundo.
No te pega mucho la solemnidad con la que afirmas que es necesaria una autoridad para crear un nuevo lenguaje. ¿No crees que los nuevos lenguajes poéticos o literarios se crean desde lo periférico, desde lo marginal, incluso?
En la pregunta anterior quise decir que nadie tiene autoridad para inaugurar de nuevo el lenguaje, ni tampoco para inventar el mundo. Quizá si para revelarlo, sacudirlo, perturbarlo, complicarlo, alterizarlo, extender sus posibles límites, pluralizarlo. Pero esta pregunta última me obliga a ser más reflexivo: creo que el lenguaje “no es”, que en el lenguaje “hay”. Lo decía Wittgenstein al referirse a los juegos del lenguaje más allá de todo cierre de su estructura. La literatura es, justamente, la expresión máxima de aquello que hay en el lenguaje y no tanto de lo que el lenguaje es. Se le puede entrar al lenguaje de muchos modos: no tomándoselo en serio, manteniendo una relación de amantes, proponiéndole un vínculo de amistad, pero también sometiéndose, ajustándose a las reglas, en fin: obedeciendo. En No tienen prisa las palabras escribí: “Hay veces que el lenguaje obedece y otras que no. Generalmente no. La piedra, por ejemplo, es una palabra que no te entiende. Un gato es, ante todo, una gramática de rebelión. La luna, obedece claramente. Un deseo –que es la punta más rugosa del lenguaje– supone, a partes iguales, desobediencia y desorden”. En esto creo: que la literatura procede de una suerte de desobediencia del lenguaje. Sin desobedecer al lenguaje no habría escritura.

Para terminar te propongo una posibilidad dolorosa (y disculpa la perversidad). ¿Eres capaz de imaginar otros 28 años sin escribir poesía?

Tendría, entonces, 81 años. Por una parte pienso que habrán pasado demasiadas horas, demasiados días, demasiados instantes perdidos o desvanecidos. Me imagino, entonces, dueño de una memoria pequeña y egoísta, como toda memoria sin escritura propia o ajena. Habré olvidado tantas cosas, quizá algunas importantes. Habré dejado de decir tantas otras, tal vez sin ninguna importancia. Y no quisiera. Tendría un lenguaje más agrio y con pocos indicios de ternura. Pero por otro lado siento que no ocurriría nada diferente: no sería sino un ejemplo más, bastante humilde por cierto, del preferiría no hacerlo.

¿Te poseería la melancolía?

Una melancolía sustantiva, sin matices, ni adjetivos, ni frases subordinadas que intentaran empujar hacia los bordes una voz apagada, casi nula. Sin embargo, mi melancolía no sería la del desgarro sino más bien la tonalidad de un permanente otoño; no la sentiría en la curvatura de la espalda, sino en los costados de los ojos; no tendría tanto que ver con una tristeza definitiva y sideral, sino con un cierto desánimo relacionado con la imposibilidad de humedecer la sequedad del mundo. Sin embargo, ahora que escribo y que creo que no pasarán otros 28 años, siento que la escritura no me quita melancolía: me enfrenta a ella.

Nació en Pamplona en 1972. En 2010 publicó su libro de relatos “Sonría a cámara” en la editorial Lengua de trapo. En Pamplona coordina el Foro de Auzolan, programa estable de actividades literarias.
Su trabajo crítico puede verse en el blog: www.robvalencia.wordpress.com.




jueves, 15 de mayo de 2014

COMO ERA FEDERICO

Por Pablo Neruda, de “Confieso que he vivido”

Un largo viaje por mar de dos meses me devolvió a Chile en 1932. Ahí publiqué El hondero   entusiasta, que andaba extraviado en mis papeles, y Residencia en la tierra, que había escrito en Oriente. En 1933 me designaron cónsul de Chile en Buenos Aires, donde llegué en el mes de agosto. Casi al mismo tiempo llegó a esa ciudad Federico García Lorca, para dirigir y estrenar su tragedia teatral Bodas de sangre, en la compañía de Lola Membrives.

Aún no nos conocíamos, pero nos conocimos en Buenos Aires y muchas veces fuimos festejados juntos por escritores y amigos. Por cierto que no faltaron las incidencias. Federico tenía contradictores. A mí también me pasaba y me sigue pasando lo mismo. Estos contradictores se sienten estimulados y quieren apagar la luz para que a uno no lo vean. Así sucedió aquella vez. Como había interés en asistir al banquete que nos ofrecía el Pen Club en el Hotel Plaza, a Federico y a mí, alguien hizo funcionar los teléfonos todo el día para notificar que el homenaje se había suspendido. Y fueron tan acuciosos que llamaron incluso al director del hotel, a la telefonista y al cocinero-jefe para que no recibieran adhesiones ni prepararan la comida. Pero se desbarató la maniobra y al fin estuvimos reunidos Federico García Lorca y yo, entre cien escritores argentinos.

Dimos una gran sorpresa. Habíamos preparado un discurso al alimón. Ustedes probablemente no saben lo que significa esa palabra y yo tampoco lo sabía. Federico, que estaba siempre lleno de invenciones y ocurrencias, me explicó: "Dos toreros pueden torear al mismo tiempo el mismo toro y con un único capote.
Esta es una de las pruebas más peligrosas del arte taurino. Por eso se ve muy pocas veces. No más de dos o tres veces en un siglo y sólo pueden hacerlo dos toreros que sean hermanos o que, por lo menos, tengan sangre común. Esto es lo que se llama torear al alimón. Y esto es lo que haremos en un discurso."

Y esto es lo que hicimos, pero nadie lo sabía. Cuando nos levantamos para agradecer al presidente del Pen Club el ofrecimiento del banquete, nos levantamos al mismo tiempo, cual dos toreros, para un solo discurso. Como la comida era en mesitas separadas, Federico estaba en una punta y yo en la otra, de modo que la gente por un lado me tiraba a mí de la chaqueta para que me sentara creyendo en una equivocación, y por el otro hacían lo mismo con Federico. Empezamos, pues, a hablar al mismo tiempo diciendo yo "Señoras" y continuando él con "Señores", entrelazando hasta el fin nuestras frases de manera que pareció una sola unidad hasta que dejamos de hablar. Aquel discurso fue dedicado a Rubén Darío, porque tanto García Lorca como yo, sin que se nos pudiera sospechar de modernistas, celebrábamos a Rubén Darío como uno de los grandes creadores del lenguaje poético en el idioma español.

He aquí el texto del discurso:

NERUDA: Señoras...

LORCA: ...y señores: Existe en la fiesta de los toros una suerte llamada "toreo del alimón", en que dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa.

NERUDA: Federico y yo, amarrados por un alambre eléctrico, vamos a parear y a responder esta recepción muy decisiva.

LORCA: Es costumbre en estas reuniones que los poetas muestren su palabra viva, plata o madera, y saluden con su voz propia a sus compañeros y amigos.

NERUDA: Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante, nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su nombre hasta que su poder salte del olvido.

LORCA: Nosotros vamos, después de enviar nuestro abrazo con ternura de pingüino al delicado poeta Amado Villar, vamos a lanzar un gran nombre sobre el mantel, en la seguridad de que se han de romper las copas, han de saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían, y un golpe de mar ha de manchar los manteles. Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y de España: Rubén...

NERUDA: Darío. Porque, señoras...

LORCA: y señores...

NERUDA: ¿Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén Darío?

LORCA: ¿Dónde está la estatua de Rubén Darío?

NERUDA: El amaba los parques. ¿Dónde está el parque Rubén Darío?

LORCA: ¿Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?

NERUDA: ¿Dónde está el manzano y las manzanas de Rubén Darío?

LORCA: ¿Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?

NERUDA: ¿Dónde está el aceite, la resina, el cisne de Rubén Darío?

LORCA: Rubén Darío duerme en su "Nicaragua natal" bajo su espantoso león de marmolina, como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.

NERUDA: Un león de botica al fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.

LORCA: Dio el rumor de la selva con un adjetivo, y como fray Luis de Granada, jefe de idiomas, hizo signos estelares con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos de terror e infinito: nos puso al mar con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de gin sobre la tarde más gris que ha tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro, todo pecho, como un poeta romántico, y puso la mano sobre el capitel corintio con una duda irónica y triste de todas las épocas.

NERUDA: Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a los espirales del infierno, su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre e imprescindible.

LORCA: Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta en los poetas actuales. Enseñó a ValleInclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío. Desde el paisaje de Velázquez y la hoguera de Goya y desde la melancolía de Quevedo al culto color manzana de las payesas mallorquinas, Darío paseó la tierra de España como su propia tierra.

NERUDA: Lo trajo a Chile, una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en costa dura y dentada, y el océano lo golpeaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire atravesada por el humo y la voz y por las circunstancias, y por la vida, como ésta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos.

LORCA: Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral agitado por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de minotauro, donde la nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibríes, sus ojos vagos y ausentes de millonario de lágrimas, y también sus defectos. Las estanterías comidas ya por los jaramagos, donde suenan vacíos de flauta, las botellas de coñac de su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y sus ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y espuelas queda en pie la fecunda sustancia de su gran poesía.

NERUDA: Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra argentina que posamos.

LORCA: Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta nicaragüense, argentino, chileno y español, Rubén Darío.

NERUDA y LORCA: Por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso.
Recuerdo que una vez recibí de Federico un apoyo inesperado en una aventura erótico-cósmica. Habíamos sido invitados una noche por un millonario de esos que sólo la Argentina o los Estados Unidos podía producir. Se trataba de un hombre rebelde y autodidacta que había hecho una fortuna fabulosa con un periódico sensacionalista. Su casa, rodeada por un inmenso parque, era la encarnación de los sueños de un vibrante nuevo rico. Centenares de jaulas de faisanes de todos los colores y de todos los países orillaban e camino. La biblioteca estaba cubierta sólo de libros antiquísimos que compraba por cable en las subastas de bibliógrafos europeos, y además era extensa y estaba repleta. Pero lo más espectacular era que el piso de esta enorme sala de lectura se revestía totalmente con pieles de pantera cosidas unas a otras hasta formar un solo y gigantesco tapiz. Supe que el hombre tenía agentes en Africa, en Asia y en el Amazonas destinados exclusivamente a recolectar pellejos de leopardos, ozelotes, gatos fenomenales, cuyos lunares estaban ahora brillando bajo mis pies en la fastuosa biblioteca.

Así eran las cosas en la casa del famoso Natalio Botana, capitalista poderoso, dominador de la opinión pública en Buenos Aires. Federico y yo nos sentamos a la mesa cerca del dueño de casa y frente a una poetisa alta, rubia y vaporosa, que dirigió sus ojos verdes más a mí que a Federico durante la comida. Esta consistía en un buey entero llevado a las brasas mismas y a la ceniza en una colosal angarilla que portaban sobre los hombros ocho o diez gauchos. La noche era rabiosamente azul y estrellada. El perfume del asado con cuero, invención sublime de los argentinos, se mezclaba al aire de la pampa, a las fragancias del trébol y la menta, al murmullo de miles de grillos y renacuajos.

Nos levantamos después de comer, junto con la poetisa y con Federico que todo lo celebraba y todo lo reía. Nos alejamos hacia la piscina iluminada. García Lorca iba delante y no dejaba de reír y de hablar. Estaba feliz. Esa era su costumbre. La felicidad era su piel.
Dominando la piscina luminosa se levantaba una alta torre. Su blancura de cal fosforecía bajo las luces nocturnas.

Subimos lentamente hasta el mirador más alto de la torre. Arriba los tres, poetas de diferentes estilos, nos quedamos separados del mundo. El ojo azul de la piscina brillaba desde abajo. Más lejos se oían las guitarras y las canciones de la fiesta. La noche, encima de nosotros, estaba tan cercana y estrellada que parecía atrapar nuestras cabezas, sumergirlas en su profundidad.

Tomé en mis brazos a la muchacha alta y dorada y, al besarla, me di cuenta de que era una mujer carnal y compacta, hecha y derecha. Ante la sorpresa de Federico nos tendimos en el suelo del mirador, y ya comenzaba yo a desvestirla, cuando advertí sobre y cerca de nosotros los ojos desmesurados de Federico, que nos miraba sin atreverse a creer lo que estaba pasando.
-¡Largo de aquí! ¡Ándate y cuida de que no suba nadie por la escalera! -le grité.

Mientras el sacrificio al cielo estrellado y a Afrodita nocturna se consumaba en lo alto de la torre, Federico corrió alegremente a cumplir su misión de Celestino y centinela, pero con tal apresuramiento y tan mala fortuna que rodó por los escalones oscuros de la torre. Tuvimos que auxiliarlo mi amiga y yo, con muchas dificultades. La cojera le duró quince días.


jueves, 9 de agosto de 2007

La burbuja de la supremacía norteamericana

El texto que sigue es una selección de párrafos del libro "La burbuja de la supremacía norteamericana" escrito por George Soros y publicado por Editorial Sudamericana en el año 2004.

El objetivo de la entrada es ofrecer la visión de unos de los principales inversores financieros en el ámbito de la llamada "globalización", sin que ello signifique de mi parte aceptar o rechazar sus postulados. Lo que sigue lo escribió George Soros:


MI MARCO CONCEPTUAL

REFLEXIVIDAD


Mi punto de partida nace en la idea de que nuestra compresión del mundo que habitamos es esencialmente errónea. Esta observación, dicha así, parece algo trillado, pero una vez que profundicemos en todas sus implicaciones nos permitirá comprender muchas cosas.
Cuando afirmo que nuestra compresión del mundo en que vivimos es inherentemente imperfecta, me refiero fundamentalmente a la diferencia que existe entre el tipo de situaciones sociales en las que participamos y los fenómenos naturales que ocurren independientemente de lo que pensemos, aunque se extiende también a la comprensión de la realidad en su sentido más amplio, que es el tema tradicional de la especulación filosófica.
La participación interfiere con nuestra capacidad para obtener conocimiento. El conocimiento requiere asentarse sobre enunciados verdaderos que, a su vez, deben corresponderse con los hechos. Si los hechos van a servir de criterio con que juzgar la validez o la veracidad de los enunciados, es preciso que sean independientes de los enunciados que se refieren a ellos. Los ríos siempre fluyen pendiente abajo, con independencia de lo que se diga de ellos. Pero las situaciones en las que participan personas que piensan, no consisten únicamente en tales hechos; también incluyen los acontecimientos que se ven influenciados por el pensamiento de los participantes. Que alguien sea o no mi enemigo depende en buena medida de lo que yo diga y haga.
Podemos influir con nuestro pensamiento en la situación en la que participamos, lo que supone que la situación en sí misma no puede servir como criterio independiente para juzgar la validez de nuestra interpretación. Incluso en el caso de que nuestros pensamientos o enunciados consigan adecuarse a los hechos, esa mera coincidencia no los convierte en verdaderos, ya que puede ser fruto de nuestra habilidad para modificar la situación más que de nuestra habilidad para observar la verdad. Mientras no exista un criterio independiente, nuestro entendimiento nunca puede ser completamente calificado como conocimiento…..
Solo las generalizaciones que puedan ser probadas mediante la experimentación podrían considerarse como científicas. (pág. 193 a 195)


EL SISTEMA CAPITALISTA GLOBAL

El término “globalización”, que se ha utilizado en exceso, es susceptible de varios usos. Se puede hablar, por ejemplo, de la globalización de la información o de la cultura, de la difusión de Internet, de la televisión y de otras formas de comunicación, así como de la creciente movilidad y comercialización de las ideas. Para los propósitos de la presente discusión, entenderé por globalización el desarrollo de los mercados financieros globales, el crecimiento de las compañías transnacionales y su creciente dominio de las economías nacionales. (pág. 93)

La globalización ha producido transformaciones radicales en el orden social y económico, puesto que la necesidad de atraer capitales internacionales ha comenzado a primar sobre el cumplimiento de objetivos sociales. Creo que a ese fenómeno se deben la mayoría de los problemas que la gente asocia con la globalización, incluyendo el de la penetración de los valores del mercado en áreas que por tradición se habían mantenido ajenas a ellos. (pág. 94)

El capital financiero goza del privilegio que no tiene el capital invertido en bienes de producción, porque es capaz de moverse libremente, evitando aquellos países donde se los someta a onerosas regulaciones o imposiciones fiscales. Las inversiones ligadas a un emplazamiento fijo, por el contrario, son difíciles de trasladar, lo que las convierte en rehenes de cualquier regulación en el país anfitrión. Es cierto que las compañías multinacionales gozan de determinadas libertades a la hora de fijar los precios de transferencia y son capaces de ejercer presiones sobre los gobiernos anfitriones basándose en sus decisiones sobre inversiones futuras, pero aún así no es comparable esa flexibilidad con la libertad de elección de que disponen los inversores financieros internacionales. (pág 94 y 95)

Los mercados financieros globales funcionan como un gigantesco sistema circulatorio que absorbe capitales hacia las instituciones financieras y los mercados del centro, para bombearlos después hacia la periferia -directamente en forma de créditos y carteras de inversiones e indirectamente a través de las compañías multinacionales-. Mientras se mantiene la fuerza del sistema circulatorio, este consigue dominar mercados locales y, de hecho, buena parte de los capitales locales se vuelven internacionales. Pero el sistema está sujeto a crisis que afectan de manera muy distinta al centro y a la periferia. Cuando es el sistema financiero central el que corre peligro de colapsar, se adoptan medidas para su protección, lo que proporciona un buen margen de seguridad a los países situados en el centro del sistema capitalista global. Pero ello no se aplica a los países periféricos, que pueden sufrir consecuencias catastróficas. (pág.95)

Los países que ocupan el centro del sistema capitalista global disfrutan de inmensas ventajas en comparación con los países periféricos. Quizá la principal sea que pueden acceder a préstamos en sus propias divisas, lo que les permite aplicar políticas anticíclicas consistentes en la rebaja de los tipos de interés y el aumento el gasto público con vistas a luchar contra la recesión. Estos países controlan también el FMI y el sistema financiero global. Sumados esos dos factores, les permiten ejercer una influencia mayor sobre sus destinos que a los países periféricos, que se encuentran en una posición más dependiente. (pág. 104)

Los fundamentalistas del mercado reconocen los beneficios de la existencia de mercados financieros globales pero ignoran sus deficiencias. Sostienen que los mercados financieros tienden al equilibrio y producen una distribución óptima de los recursos. Consideran que aunque los mercados estén lejos de la perfección es mejor dejar que sean ellos quienes distribuyan los recursos, antes que permitir la intervención de regulaciones nacionales o internacionales.
Sin embargo, otorgar una confianza excesiva a los mercados es peligroso. Los mercados están diseñados para facilitar el libre intercambio de bienes y servicios entre entidades que participan de él por propia voluntad, pero no son capaces por sí mismos de satisfacer las necesidades colectivas. Tampoco son competentes a la hora de garantizar la justicia social, porque solo mediante actuaciones políticas es posible proveer de servicios públicos a las sociedades. (pág 100 y 101)

La globalización ha favorecido la obtención de ganancias y la acumulación de riquezas privadas por encima de la creación de bienes públicos. (pág. 103)

La globalización ha traído consigo una considerable merma en la capacidad de los estados para producir bienes y servicios públicos y ponerlos a disposición de los ciudadanos por afectar a la principal y más accesible fuentes de ingresos con que contaban, el impuesto sobre rentas y beneficios, justo cuando se han obligado a reducir o incluso eliminar los derechos de aduana…lo que ha sucedido es que la carga fiscal se ha ido desplazando de quienes tienen el capital hacia los consumidores, de los ricos hacia los pobres y las clases medias. No es exactamente eso lo que se nos había prometido, pero tampoco se puede afirmar que se trate de una consecuencia involuntaria, porque era precisamente eso lo que pretendían los fundamentalistas. (pág. 101 y 102)

Al contrario de lo que afirman los valedores (defensores o partidarios) del fundamentalismo del mercado, los mercados financieros no tienden al equilibrio sino que son propensos a las crisis. Desde 1980 se han producido varias crisis financieras devastadoras y solo cuando la amenaza parece alcanzar al centro del sistema las autoridades toman las medidas necesarias para su protección y, como consecuencia, la devastación acaba afectando únicamente a la periferia. De esa manera, los países del centro se hacen cada vez más poderosos y estables, lo que anima a los capitalistas de la periferia a refugiar en ellos las riquezas que han acumulado, mientras que, por contraste, los bienes de producción son, en buena parte, propiedad de capitales extranjeros. Las facilidades de que gozan los capitalistas para expatriar sus capitales y la creciente influencia de las empresas multinacionales reducen el control de los países periféricos sobre su propia economía, saboteando el desarrollo de instituciones democráticas en los mismos. Estos efectos negativos siguen una lógica acumulativa, de manera que para algunos países periféricos las desventajas producidas por la globalización pueden superar a los beneficios. (pág. 105)


Soberanía
El concepto histórico de soberanía nació en una época en que la sociedad estaba constituida por gobernantes y súbditos. No existían los ciudadanos. A partir del Tratado de Westfalia, en 1648, el principio de soberanía se convirtió en la piedra angular de las relaciones internacionales. Tras treinta años de guerras de religión, se acordó que los gobernantes tenían el derecho a establecer cuál sería la religión de los súbditos, según la fórmula de cuius regio eius religio. Luego, con la Revolución Francesa, se derrocó al rey y la soberanía fue arrebatada por el pueblo, a quien debió pertenecer desde entonces. En la práctica, sin embargo, la soberanía fue ejercida por los gobiernos. El concepto dinástico de soberanía fue suplantado por un concepto nacional de la misma. Hay estados que son democráticos y otros que no lo son, pero nadie puede hacer nada contra tal situación porque el principio de soberanía protege a los regímenes represivos de la intervención externa en sus asuntos. (pág. 109 y 110)

Sería utópico creer que conseguiremos dar con una solución que elimine las soberanías nacionales y las sustituya por instituciones internacionales. Sin embargo, es necesario encontrar un camino que concilie el interés general y el principio de soberanía. (pág. 92)

Es tan grande el desequilibro que se ha producido a favor del capital financiero, que se suele decir que las compañías multinacionales y los mercados financieros internacionales han suplantado, de alguna manera, la soberanía de los estados. No es así. Los estados conservan una autoridad legal y una capacidad para imponer sus decisiones con la que no puede soñar individuo o empresa alguna. Si bien es cierto que los mercados se han globalizado, las decisiones políticas continúan enraizadas firmemente en la soberanía de los estados. Es verdad que disponemos de varias instituciones internacionales, pero todas ellas carecen de potestad para interferir en las cuestiones internas de los estados que las componen, salvo en los casos en que los propios estados hayan delegado su soberanía en alguna entidad internacional. (pág. 102)

La soberanía popular y los recursos naturales

Los ingresos por explotación de recursos naturales son otra de las áreas en la que el principio de la soberanía popular tiene importantes repercusiones. El volumen de dichos ingresos es mucho mayor que el de cualquier ayuda exterior. Eso hace que se trate de una cuestión de enorme relevancia, cuya reciente reelaboración merece un capítulo aparte.
Los recursos naturales de un país deben pertenecer al pueblo, pero los gobernantes suelen explotarlos en su propio beneficio, lo que viola la soberanía del pueblo y requiere intervención exterior. De hecho, se ha producido intervención externa de tipo comercial, pero esta más bien ha servido para animar a los gobernantes a violar la soberanía del pueblo o facilitarles formas de hacerlo. La mayoría de los recursos naturales de los países menos desarrollados son extraídos por compañías mineras y petroleras extranjeras y solo cuando ha pasado un largo período desde el inicio de la extracción de estos valiosos recursos se pueden nacionalizar o crear compañías mineras o petroleras nacionales. Las compañías extranjeras tienen como objetivo el logro de concesiones y no les importa nada la soberanía de los pueblos. En definitiva, es con los gobernantes del país y no con el pueblo con quienes han de negociar las concesiones. El poder de los gobernantes, por su parte, deriva de los recursos naturales que controlan y no de los pueblos que gobiernan. Son pocas las razones que tienen para compartir la riqueza, pero sí muchos los incentivos para perpetuarse en el poder. Tanto las compañías como los gobiernos de los países desarrollados tienden a apoyar a los gobernantes y no a los pueblos. Estas condiciones no son favorables para el desarrollo de la democracia. (pág. 151 y 152)