domingo, 16 de diciembre de 2018


DISCURSO DE DENIS MUKWEGE, PREMIO NOBEL DE LA PAZ 2018

Oslo 10 de diciembre de 2018

En la noche trágica del 6 de octubre de 1996, unos rebeldes atacaron nuestro hospital de Lemera, en República Democrática del Congo (RDC). Más de 30 personas fueron asesinadas. Los pacientes fueron abatidos en su lecho a quemarropa. El personal, que no pudo huir, fue matado a sangre fría. Yo no podía imaginar que aquello no era más que el comienzo.
Obligados a abandonar Lemera creamos el hospital de Panzi, en Bukavu, donde sigo trabajando como ginecólogo-obstetra. La primera paciente ingresada era una víctima de violación que había recibido un disparo en sus órganos genitales.
La violencia macabra no conocía límite alguno. Esta violencia no ha parado nunca. Un día, como otros, el hospital recibió una llamada. Al otro lado del teléfono un colega en lágrimas imploraba: “Por favor, enviadme rápidamente una ambulancia. Por favor, daos prisa”. Enviamos una ambulancia como habitualmente lo hacemos. Dos horas más tarde, la ambulancia regresó. En el interior, una pequeña de 18 meses sangraba abundantemente y fue llevada inmediatamente a la sala de operaciones. Cuando llegué, las enfermeras estaban anegadas en lágrimas. La vejiga de la bebé, su aparato genital, su recto, estaban gravemente dañados por penetración de un adulto. Rezamos en silencio: Dios mío, decidnos que lo que vemos no es verdad. Decidnos que se trata de un mal sueño. Decidnos que al despertar todo irá bien. Pero, no se trataba de un mal sueño. Era la realidad. Se ha convertido en nuestra nueva realidad en RDC.
Cuando llegó otro bebé consideré que este problema no podía encontrar solución en el quirófano; que era preciso batirse contra las causas profundas de estas atrocidades. Me dirigí al pueblo de Kavumu para hablar con los hombres: ¿por qué no protegéis a vuestros bebés, a vuestras niñas, a vuestras mujeres? ¿Dónde están las autoridades? Con gran sorpresa por mi parte, los del pueblo conocían al sospechoso. Todos le temían porque era miembro del Parlamento provincial y gozaba de un poder absoluto sobre la población. Desde hacía varios meses su milicia aterrorizaba al pueblo entero. Habían instalado el miedo matando a un defensor de los derechos humanos que había tenido el coraje de denunciar los hechos. El diputado se libró sin consecuencias. Su inmunidad parlamentaria le permitía abusar con total impunidad.
A estos dos bebés los siguieron decenas de otros niños violados. Cuando alcanzamos la cifra de 48 víctimas estábamos desesperados. Con otros defensores de los derechos humanos, alertamos al tribunal militar. Finalmente, estas violaciones fueron perseguidas judicialmente y juzgadas como crímenes contra la humanidad. Las violaciones de bebés en Kavumu cesaron, lo mismo que las llamadas al hospital de Panzi. Pero el futuro psicológico, sexual y genésico de estos bebés ha quedado hipotecado.
Lo que sucedió en Kavumu, que sigue produciéndose en numerosos otros lugares, como las violaciones y masacres en Beni o Kasai, ha sido posible por la ausencia de un Estado de derecho, por el derrumbamiento de los valores tradicionales y por el reino de la impunidad, especialmente en las esferas y personas en el poder.
La violación, las masacres, la tortura, la inseguridad difusa y la flagrante falta de educación crean una espiral de violencia sin precedentes. El balance de este caos perverso y organizado ha significado la violación de cientos de miles de mujeres, más de 4 millones de personas desplazadas en el interior del país, la pérdida de 6 millones de vidas humanas. Imaginen ustedes el equivalente de toda la población de Dinamarca diezmada. Los guardianes de la paz y los expertos de las Naciones Unidas no han quedado a salvo; varios han encontrado la muerte cuando cumplían su mandato. La Misión de las Naciones Unidas en la República Democrática del Congo (RDC) sigue presente hasta hoy día a fin de que la situación no degenere todavía más. Se lo agradecemos.
Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, esta tragedia humana prosigue sin que los responsables de la misma sean perseguidos. Solo la lucha contra la impunidad puede quebrar la espiral de la violencia. Todos tenemos el poder de cambiar el curso de la historia cuando las convicciones por las que luchamos son justas.
Majestades, Altezas, Excelentísimos señores y señoras, Distinguidos miembros del Comité Nobel, querida Señora Nadia Murad, Señoras y Señores, Amigos de la Paz.
Es en nombre del pueblo congoleño como acepto el Premio Nobel de la Paz. Lo dedico a todas las víctimas de las violencias sexuales que se cometen a través del mundo. Me presento ante ustedes con humildad para llevarles la voz de las víctimas de las violencias sexuales en los conflictos armados y para expresarles las esperanzas de mis compatriotas. Aprovecho la ocasión para agradecer a todos los que durante estos años han apoyado nuestro combate. Pienso especialmente en las organizaciones e instituciones de países amigos, en mis colegas, en mi familia y en mi querida esposa Madeleine.
Me llamo Denis Mukwege. Vengo de uno de los países más ricos del planeta. Sin embargo, el pueblo de mi país está entre los más pobres del mundo. La turbadora realidad es que la abundancia de nuestros recursos naturales - oro, coltán, cobalto y otros minerales estratégicos – alimenta la guerra, fuente de la extrema violencia y de la pobreza abyecta de la RDC.
Nos gustan los hermosos automóviles, las joyas, los artilugios. Yo mismo tengo un smartphone. Estos objetos contienen minerales que se encuentran en mi país. A menudo son extraídos en condiciones inhumanas por muchachos, víctimas de intimidación y de violencias sexuales. Cuando conduzcan ustedes un coche eléctrico, cuando utilicen un smartphone o admiren sus joyas, reflexionen un instante sobre el coste humano de la fabricación de esos objetos. En cuanto consumidores, lo menos que podemos hacer es insistir en que esos productos estén fabricados respetando la dignidad humana. Cerrar los ojos ante este drama es ser cómplice. No son solamente los autores de las violencias los que son responsables de sus crímenes; lo son también quienes optan por mirar a otro lado.
Mi país es sistemáticamente saqueado con la complicidad de personas que pretenden ser nuestros dirigentes. Saqueado por su poder, por su riqueza y por su gloria. Saqueado a costa de millones de hombres, mujeres y niños inocentes abandonados en una extrema miseria mientras los beneficios de nuestros minerales terminan en las cuentas opacas de una oligarquía depredadora.
Hace ya veinte años, días tras días, que en el hospital de Panzi yo veo las desgarradoras consecuencias del mal gobierno del país. Bebés, niñas, jóvenes muchachas, madres, abuelas, y también hombres y muchachos, violados de manera cruel, a veces en público y colectivamente, insertando plástico ardiente o introduciendo objetos contundentes en sus partes genitales. Les ahorro a ustedes los detalles.
El pueblo congoleño es humillado, maltratado y masacrado desde hace más de dos décadas a la vista y con conocimiento de la comunidad internacional. Hoy, gracias a las nuevas tecnologías de la información y comunicación, ya nadie puede decir: no sabía.
Con este premio Nobel de la Paz, llamo al mundo para que sea testigo y les exhorto a ustedes a unirse con nosotros para poner fin a este sufrimiento que avergüenza a nuestra común humanidad.
Los habitantes de mi país tienen desesperadamente necesidad de paz. Pero: ¿Cómo construir la paz sobre fosas comunes? ¿Cómo construir la paz sin verdad ni reconciliación? ¿Cómo construir la paz sin justicia y reparación? En el momento mismo en que les hablo, un informe se está enmoheciendo en el cajón de una oficina de Nueva York. Ha sido redactado tras una investigación profesional y rigurosa sobre los crímenes de guerra y las violaciones de los derechos humanos perpetrados en la RDC. Esta investigación nombra explícitamente víctimas, lugares, fechas, pero elude a los autores. Este Informe del Proyecto Mapping, establecido por el Alto Comisariado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, describe no menos de 617 crímenes de guerra y contra la humanidad y, quizás incluso, crímenes de genocidio. ¿Qué espera el mundo para que sea tomado en consideración? No hay paz duradera sin justicia. Ahora bien, la justicia no se negocia. Tengamos la valentía de echar una mirada crítica e imparcial sobre los hechos que desde hace demasiado tiempo hacen estragos en la región de los Grandes Lagos. Tengamos el coraje de revelar los nombres de los autores de crímenes contra la humanidad para evitar que sigan enlutando esta región. Tengamos la valentía de reconocer nuestros pasados errores. Tengamos la valentía de decir la verdad y de efectuar el trabajo de la memoria.
Queridos compatriotas congoleños, tengamos el coraje de tomar nuestro destino en nuestras manos. Construyamos la paz, construyamos el futuro de nuestro país y juntos construyamos un mejor futuro para África. Nadie lo hará en nuestro lugar.
Señoras, señores, amigos de la Paz,
El cuadro que yo les he presentado ofrece una siniestra realidad, pero permítanme que les cuente la historia de Sara. Sara nos fue transferida al hospital en un estado crítico. Su aldea había sido atacada por un grupo armado que había masacrado a toda su familia, dejándola sola. Tomada como rehén fue conducida a la selva. Atada a un árbol. Desnuda. Todos los días, Sara sufría violaciones colectivas hasta perder el conocimiento. El objetivo de estas violaciones como arma de guerra era la destrucción de Sara, de su familia, de su comunidad. En una palabra, destruir el tejido social.
Cuando llegó Sara al hospital, no podía caminar ni tenerse de pié. No podía retener la orina ni las heces. A causa de sus heridas genitales urinarias y digestivas, con una añadida infección, nadie podía imaginar que un día ella sería capaz de volver a ponerse de pié. Sin embargo, cada día que transcurría, el deseo de seguir viviendo brillaba en los ojos de Sara. Cada día, era ella la que animaba al personal sanitario a no perder la esperanza. Cada día, Sara se batía por su supervivencia.
Hoy, Sara es una mujer hermosa, sonriente, fuerte y encantadora. Se ha comprometido a ayudar a las personas supervivientes de una historia similar a la suya. Ha recibido 50 dólares americanos, una ayuda que nuestra casa de tránsito Dorcas acuerda a las mujeres deseosas de reconstruir su vida en el plano socioeconómico. Sara dirige hoy su pequeña empresa. Ha comprado un terreno. La Fundación Panzi le ha ayudado con unas chapas onduladas para el techo. Ha podido construir una casa. Es autónoma y está orgullosa. Su historia muestra que incluso si una situación es difícil y parece desesperada, con determinación, siempre hay esperanza al final del túnel. Si una mujer como Sara no se da por vencida, ¿quiénes somos nosotros para hacerlo?
Todo esto es la historia de Sara. Sara es congoleña. Pero hay muchas Saras en República Centroafricana, en Colombia, en Bosnia, en Nyamar, en Irak y en tantos otros países en el mundo en los que hay conflictos.
En Panzi, nuestro programa de cuidados holísticos, que comprende un apoyo médico, psicológico, socioeconómico y jurídico, muestra que, aunque el camino de la curación sea largo y difícil, las víctimas poseen el potencial para transformar su sufrimiento en poder. Pueden convertirse en autoras de un cambio positivo en la sociedad. Es el caso ya citado de la Ciudad de la Alegría, nuestro centro de rehabilitación en Bukavu, donde las mujeres son apoyadas para que retomen su destino en sus manos. No obstante, ellas no pueden lograrlo solas y nuestra función es la de escucharlas, del mismo modo que hoy escuchamos a la Sra. Nadia Murad.
Querida Nadia, tu valentía, tu audacia, tu capacidad para darnos esperanza son una fuente de inspiración para el mundo entero y para mí personalmente.
El premio Nobel que nos es otorgado hoy no tendrá valor real más que si puede cambiar correctamente la vida de las víctimas de las violencias sexuales en el mundo y llevar la paz a nuestros países.
Así pues, ¿Qué podemos hacer nosotros? ¿Qué pueden hacer ustedes?
En primer lugar, asumir que es nuestra responsabilidad que actuemos todos. Actuar es una elección. Actuar:
- Para detener la violencia contra las mujeres.
- Para crear una masculinidad positiva que promueva la igualdad de sexos, tanto en tiempo de paz como de guerra.
- Es una opción apoyar o no a una mujer
             Protegerla o no
             Defender o no sus derechos.
             Batirse o no a su lado en los países asolados por conflictos
- Es una opción construir o no la paz en los países en guerra
Actuar es rechazar la indiferencia. Si hay que hacer la guerra, que sea contra la indiferencia que corroe nuestras sociedades.
En segundo lugar, todos somos deudores ante esas mujeres y sus familias; debemos apropiarnos de su combate. También los Estados deben cesar de acoger a los dirigentes que han tolerado, o peor, que han utilizado la violencia sexual para acceder al poder. Los Estados deben cesar de recibirlos con una alfombra roja y deben, más bien, trazar una línea roja contra la utilización de la violación como arma de guerra. Una línea roja que sería sinónimo de sanciones económicas, políticas y de persecución judicial. Realizar un acto justo no es difícil, es cuestión de voluntad política.
En tercer lugar, debemos reconocer los sufrimientos de las supervivientes de todas las violencias sexuales perpetradas contra las mujeres en los conflictos armados y apoyarlas de manera holística en su proceso de sanación. Insisto en las reparaciones, en las medidas que les den compensación y satisfacción y les permitan comenzar una nueva vida. Se trata de un derecho humano.
Hago un llamamiento a los Estados para que apoyen la iniciativa de la creación de un Fondo global de reparación para las víctimas de violencias sexuales en conflictos armados.
En cuarto lugar, en nombre de todas las viudas, de todos los viudos y de los huérfanos de las masacres cometidas en la RDC y en nombre de todos los congoleños deseosos de paz, hago un llamamiento a la comunidad internacional para que consideren el Informe del Proyecto “Mapping” y sus recomendaciones.
Que se haga justicia. Ello permitiría al pueblo congoleño que por fin sean llorados sus muertos, hagan su duelo, perdonen a los verdugos, superen sus sufrimientos y miren serenamente hacia el futuro.
Finalmente, tras 20 años de efusión de sangre, de violaciones y de desplazamientos masivos de poblaciones, el pueblo congoleño espera desesperadamente la aplicación de la responsabilidad de proteger las poblaciones civiles cuando su gobierno no puede o no quiere hacerlo. Espera avanzar en el camino de una paz duradera. Esta paz pasa por unas elecciones libres, transparentes, creíbles y en un clima de apaciguamiento.
“¡Pongámonos a trabajar, pueblo congoleño!”. Edifiquemos un Estado en el que el gobierno esté al servicio de su población. Un Estado de derecho, emergente, capaz de generar un desarrollo duradero y armonioso, no solamente en la RDC sino en toda África. Construyamos un Estado en el que todas las acciones políticas, económicas y sociales se centren en el ser humano y en el que la dignidad de los ciudadanos sea restaurada.
Majestades, Distinguidos miembros del Comité Nobel, Señoras, señores, Amigos de la Paz,
El desafío es claro; está a nuestro alcance. En nombre de las Saras, de las mujeres, hombres y niños del Congo, les lanzo a ustedes un llamamiento urgente de que no nos den solamente el Premio Nobel de la Paz sino que se pongan ustedes de pié y digan todos juntos y en voz alta: “¡Basta ya de violencia en RDC! ¡Ya es demasiado! ¡La Paz, ahora!”.

¡Muchas gracias!

Denis Mukwege

The Nobel Foundation 2018

Traducción del francés, Ramón Arozarena

Edición y revisión, Rafael Sánchez

jueves, 25 de octubre de 2018

EL USO DE LOS OPOSITORES

"La oposición pide siempre lo que está segura de no conseguir, porque si lo consiguiera dejaría de ser oposición"
Alfonso

Que a usté nunca ni jamás se le ocurra, siendo gobernante, querer curar de golpe a los opositores hasiendo que se vuelvan ofisialistas. Piense quel asunto de ser opositor es como un visio, y hay tipos que ese visio lo tienen adentro desde su más tierna infansia, que algunos son opositores crónicos y otros ya son incurables. Incluso yo conosí a un opositor que sierto día su partido ganó las elebsiones y entonses sus amigos lo llamaron para darle un ministerio... "¿Lo qué? -dicen que dijo todo enojado— ¡Yo sienpre fui opositor, Y haora no me voy a dar vuelta hasiéndonte ofisialista! Por eso yo reitero con el mayor énfasis de que la cura de un opositor es lenta como la de los borrachos y los tosicómanoS: si a un curdA usté le saca de golpe la bebida, el tipo se puede volber loco, y si a un tosicóman0 usté le retira la pichicata de prepotensia le puede suseder cualquier cosa: ¡incluso se sabe de algunos que dejaron La drogA de la noche a la maniana, y tanbíén de la noche a la naniana se volvieron cretinos! Por eso, y para evitar el canbio brusco y sus consecuensias, en algunos países inventaron los canpos de consentrasióN, así los opositores se van acostunbrando poco a poco a las delisias y ventajas de ser ofisialistas. Pero considerando que los canpos de cansentrasióN y las cárseles no son muy sinpáticos, yo sujiero una martingalA inofensiva para dejarlos contentos y sin traumas. Partiendo de la base de que los opositores están sienpre amargados, envenenados, rabiosos y cabreros, yo creo que los gobiemoS tendrían que destinarle algunos sitios pan que los timas pudieran descargar sus rabietas, broncas y venenos; y lo mejor sería colocar un libro de quejas en la casA de gobiern0 para que cada siudadano dejan estanpada su protesta con su puñ y letra... ¿Que a un contrera no le gusta el gobierno? Entra en la casA rosadA, pide el libro de quejas y escribe: "El presidente es una béstiA, el ministro Tal es un canalla, el secretario Cual es un chorro y el funsionario Talcual es un coimero! " Y después de largar toda la mufa que le sale del bolígrafo, el opositor se siente liberado de odios y rencores, y hasta es capás de ir a sentarse en la plasA de mayO a tirarle algo a las palomas o a dejar que las palomas le tiren algo a éL ¿Se da cuenta qué sensilio? Ya sé que alguien preguntará muy serio: "¿Y qué hasen después con ese "librO de quejaS" en la casA de gobierno? " ¡Mire que problema: agarran y lo tiran a la basura! ¡O sea lo que se base con todos los libroS de quejaS en todas las reparticiones!
Otro recurso que se usa con frecuensia cuan-do el gobernantE descubre que tiene un opositor muy recalsitrante, es llamarlo y decirle: “Vea doptoR (¡o almirantE, o general, o brigadieR o lo que caiga! ) ¡Quiero que usté se vaya denbajadoR a balalaicA!" " ¿Balalaica, eselensia? ¡Ese país está muy lejos!" ¡Ma qué lejos: en avión es cuestión de horas! "¡Pero es que yo no sé hablar en balalaic0!" “No interesa: los enbajadoreS tienen intérpretes..." " ¡Pero es quen balalaicA hase un frío que pela hasta las rodillas!" "Bueno... No se olvide quen la enbajadA hay aire acondisionado y sienpre sirven buenos copetines..." "Pero hay otra dificultá, eselensia ¡yo nunca estuve en la carrera diplomaticA! ¡Y bueno, querido! ¡piense que todo no puede ser perfebto en este mundO!"
Por esa rasón, yo creo que a los gobernanteS sienpre les conviene aumentar las enbajadaS en todas partes, ya sea poniendo una enbajadA en siberiA, o en el cong0 mediO, o en sangri-IA o en jaujA... ¡Y acá mismo en el paíx, incluso! ¿Qué a unté le molesta fulano? Un consulado argentino en el Iguasú, y que se vaya a las cataratas... ¿Que mengan0 sesta poniendo cargoso con sus indirebtas? ¡Un viscconsulado en la quiacA, y a otra cosa! ¿Que sutan0 se pone cada día mas sutanO y revoltoso? ¡Una enbajadA en la cordillerA de los ándeS, y que se arregle con los cóndores! En serio se lo digo: ¡es muy cómodo tener un sitio adonde mandar a siertas personas, y cuanto más lejos, mejor! Otra manera de tratar a los opositores con intelijensia es dejarlos tranquilos. que griten hasta romperse las amígdalaS, y que hagan reuniones y hagan manifestasiones y hagan mitines y que hagan hasta que se les salga por las orejas... ¡Cuantas mas cosas hagan, mas se cansan; y si están ellos cansados y usté fresquito, lójicamente la ventaja es suya! Además, eso de no permitir y no permitir cosas me hase recordar de cuando éramos chicos y queríamos jugar a la pelota, pero antes pedíamos la venia a la autoridá de la casa: " ¡Vieja! ¡Queremos jugar a la pelota! " " ¡No, no quiero que jueguen! " Y a los 2 minutos: " ¡Mamá! ;Queremos jugar a la pelota! " " ¡No les permito, y se acabó)! "Y al ratito: " ¡Mamáaaaaaaa! ¡Queremos jugar a la pelota! " ¡Les digo que no, y basta! ¿Y sabe usté lo qué ocurría con semejantes prohibisiones? Ocurría que entonses nosotros jugábamos escondidos en el patio; y por jugar con miedo, pateábamos torsido: y por patear torsido a cada rato hasíamos saltar un vidrio... O sea que a la final un día mi vieja se avibó y nos dijo: " ¡Ma sí: vayan todos a la calle y jueguen hasta que revienten! " Y desdentonses se acabaron los problemas y vibimos todos contentos, y la moraleja se cae de madura: ¡sienpre es peor prohibir el juego, que dejar que los chicos se diviertan con la pelota!

domingo, 21 de octubre de 2018


LA MADRE
Conferencia pronunciada por Catita "El Día de la Madre" en el "Sentro  Coltural, Poetas y Prosaicos"

—La madre es el ser que los ha dado el ser, y cuida de nuestro ser, como debe ser, a saber: de pequenios, alementándolos personalmente, o sea dándolos el busto, y de adúlteros, dándolos sabios consejos, pa efetuar la másima que dice: "Manzana en córpores sanos"
La Madre es el ser más anegado que esiste... ¡Y pensar que haiga hijos capaces de maltratarla!... ¡Desgenerados!... como el chico de enfrente, que se entrena pa fugar al fulbo, pegándole patadas a la madre!...
Hay varias clases de madre: la madre ligítima, que es la de endevera; la madastra, que es la postiza, y la madre putativa (con perdón de la palabra) que es la de emitación. Esto en el seso humano; en el seso animal, hay madre perlas; en el vegetal, hay madre selvas y en el mineral, hay ma dre cincuentas variedade.
"Madre hay una sola"!... como dijo Napolión. Fetivamente. La acnédota cuenta que un día que liegaron visitas, la madre de Napolión, el gran córcego, le dijo: —Nene, abajate al sótano, y traeme dos botelias de vino. Napolion abajó, pero no encontró más que una... entonce subió y esclamó: —Madre, hay una solal.
Han esistido al mundo, madres enjemplares. Recuerdemos a la madre de los Graco, famosa romana que en un enjemplo de senciliez, en vez de alhajas, usaba a sus hijos, como se lo mostró a una vecina curiosa que le preguntó por sus jolias. Entonces elia, presentándole a sus hijos, esclamó: —¿Queréis ver mis joliais?... ¡Aquí las tenéis! Culios hijos se liamaban: uno, Timberio, y el otro, hablano matirialmente... Cayo.
Otra madre dina de nombrerse, fue Agripina, la madre de Nerón, tan anegada, que se dejó asesinar por su propio hijo... en un descuido.
Dicen que el mata a su madre, se liama matricida... Eso será en idioma, pero en buen cayetano, es güerfanito.
Tamién fue conocida en los tiempos medio ovales, la madre de Solón, que anque no figura a la historia, debemo recordarla, porque produjo al filósofo Solón, que fue el inventor del saludo.
Y otra madre dina de almiración, fue la del juicio de Salamón ... que dos mujere se disputaban un ninio, diciendo cada cuale, que era su madre... y entonces Salamón, que era un sabio, anque fuera un salamón, le dijo: —Pa que no se peleen, viá partir a este ninio por el medio y le viá dar la mitá a cada una. —No! —gritó la madre d'endeveras— ¡O todo o nadal... porque si al cortarlo por la mitá, Dio libre y guarde, se muere, lo que me representa medio cadavre de hijo, viviendo a mi lado toda la vi-dal... ¡Que lo dejen entero, anque se lo dean a otral... Por lo cual Salarñón, decidió de entregárselo a elia... Entonce la otra, la falluta, le dijo: —Me lo empresta pa despedirme, diga? Pero Salamón, le contestó: —No! Lo que Natura non da, Salamón non presta! Y la dejó de aracal... ¡¡Tomá!!
Una madre muy nombrada, es la madre del Borrego, pero como no me acuer-do quien fue ese prócer, la pasaremos por alto.
Otra madre enjemplar, anque no pertenece al seso humano, es la bestia de la madre que crió a Rémulo y Rómulo, los que fundaron a Roma, los cual los adotó una loba caritativa que los crió, cual puede verse en la estuata pedestre, o sea de piedra, ande está la loba, en el ato de darles el busto, mejor dicho los bustos, porque las lobas tienen cuatro. Yo no digo de que no haiga también madres desgeneradas, como ser las cocodrilas, que se comen a los hijos, pero a nosotros que nos importa, si no tenemos nada que ver con tan repunantes retilas?... ¡Aliá elias!... Si se comen a los hijos, que con su pan se los coman!...
En vez, hay animales con un estinto maternal tan desenrollado, como el caso de la elefanta, que encontró un pichoncito de gorrión, helado en el suelo, lo alzó con la trompa, lo lievó al nido, y se le sentó encima pa calentarlo... ¿Y qué me dicen de las canguras?... ¡Con sus hijos en la bolsal... ¡Cuántas mujeres debrian imitarlas!... Y en lugar de andar por la calle con las bolsas lienas de paquetes, que las lievaran lienas de hijos!...
Tamién son creticables, las madres cínicas... Si, las cínicas, las que se pasan la tarde en el cine... Yo tengo una amiga, que todas las tardes e va a cine, y lo deja al chico abandonado, mirando en la tele "El increíble Hul". Quién es la madre de ese ninio?... El increíble Hul es la madre!...
Pa pagar a nuestras madres el sacrificio que han hecho por nosotro, naciéndolos. Creciéndolos y multiplicándolos debemos se el baculo (con perdon de la palabra) el baculo de su viejez. Y pa terminar, permitamen que didique unas palabras a mi santa madre que me vió nacer... En verso:

Yo te esclamo, con l'acento muy confuso,
porque me se hace un nudo al canaruzo,
¡Que viva Donia Asunta Langanuzzo,
la madre que a este mundo a mi me puso!

domingo, 19 de febrero de 2017


A Great Writer We Should Know

Zama

by Antonio Di Benedetto, translated from the Spanish by Esther Allen
New York Review Books, 201 pp., $15.95 (paper)
The year is 1790, the place an unnamed outpost on the Paraguay River ruled from faraway Buenos Aires. Don Diego de Zama has been here for fourteen months, serving in the Spanish administration, separated from his wife and sons. Nostalgically Zama looks back to the days when he was a corregidor (chief administrator) with a district of his own to run:
Doctor Don Diego de Zama!… The forceful executive, the pacifier of Indians, the warrior who rendered justice without recourse to the sword…, who put down the native rebellion without wasting a drop of Spanish blood.
Now, under a new, centralized system of government meant to tighten Spain’s control over its colonies, chief administrators have to be Spanish-born. Zama serves as second-in-command to a Spanish gobernador: as a Creole, an americano born in the New World, he can aspire no higher. He is in his mid-thirties; his career is stagnating. He has applied for a transfer; he dreams of the letter from the viceroy that will whisk him away to Buenos Aires, but it does not come.
Strolling around the docks, he notices a corpse floating in the water, the corpse of a monkey that had dared to quit the jungle and dive into the flux. Yet even in death the monkey is trapped amid the piles of the wharf, unable to escape downriver. Is it an omen?
Besides his dream of being returned to civilization, Zama dreams of a woman, not his wife, much as he loves her, but someone young and beautiful and of European birth, who will save him not only from his present state of sexual deprivation and social isolation but also from a harder-to-pin-down existential condition of yearning for he knows not what. He tries to project this dream upon various young women glimpsed in the streets, with negligible success.
In his erotic fantasies his mistress will have a delicate way of making love such as he has never tasted before, a uniquely European way. How so? Because in Europe, where it is not so fiendishly hot, women are clean and never sweat. Alas, here he is, womanless, “in a country whose name a whole infinity of French and Russian ladies—an infinity of people across the world—[have] never heard.” To such people, Europeans, real people, America is not real. Even to him America lacks reality. It is a flatland without feature in whose vastness he is lost.
Male colleagues invite him to join them in a visit to a brothel. He declines. He has intercourse with women only if they are white and Spanish, he primly explains.
From the small pool of white and Spanish women at hand he selects as a potential mistress the wife of a prominent landowner. Luciana is no beauty—her face puts him in mind of a horse—but she has an attractive figure (he has spied on her, bathing naked). He calls upon her in a spirit of “foreboding, pleasure, and tremendous irresolution,” unsure how one goes about seducing a married lady. And indeed, Luciana proves to be no pushover. In his campaign to wear her down, she is always a move ahead of him.
As an alternative to Luciana there is Rita, the Spanish-born daughter of his landlord. But before he can get anywhere with her, her current lover, a vicious bully, humiliates her grossly in public. She pleads with Zama to avenge her. Although the role of avenger attracts him, he finds reasons not to confront his formidable rival. (Zama’s author, Antonio Di Benedetto, provides him with a neatly Freudian dream to explain his fear of potent males.)
Unsuccessful with Spanish women, Zama has to resort to women of the town. Generally he steers clear of mulattas “so as not to dream of them and render myself susceptible and bring about my downfall.” The downfall to which he refers is certainly masturbation, but more significantly involves a step down the social ladder, confirming the metropolitan cliché that Creoles and mixed breeds belong together.
A mulatta gives him an inviting look. He follows her into the dingier quarter of the town, where he is attacked by a pack of dogs. He dispatches the dogs with his rapier, then, “swaggering and dominant” (his language), takes the woman. Once they are finished, she offers in a businesslike way to become his kept mistress. He is offended. “The episode was an affront to my right to lose myself in love. In any love born of passion, some element of idyllic charm is required.” Later, reflecting on the fact that dogs are as yet the only creatures whose blood his sword has spilled, he dubs himself “dogslayer.”
Zama is a prickly character. He holds a degree in letters and does not like it when the locals are not properly respectful. He suspects that people mock him behind his back, that plots are being cooked up to humiliate him. His relations with women—which occupy most of the novel—are characterized by crudity on the one hand and timidity on the other. He is vain, maladroit, narcissistic, and morbidly suspicious; he is prone to accesses of lust and fits of violence, and endowed with an endless capacity for self-deception.
He is also the author of himself, in a double sense. First, everything we hear about him comes from his own mouth, including such derogatory epithets as “swaggering” and “dogslayer,” which suggest a certain ironic self-awareness. Second, his day-to-day actions are dictated by the promptings of his unconscious, or at least his inner self, over which he makes no effort to assert conscious control. His narcissistic pleasure in himself includes the pleasure of never knowing what he will get up to next, and thus of being free to invent himself as he goes along.
On the other hand—as he intermittently recognizes—his indifference to his deeper motives may be generating his many failures: “Something greater, I knew not what, a kind of potent negation, invisible to the eye,…superior to any strength I might muster or rebellion I might wage,” may be dictating his destiny. It is his self-cultivated lack of inhibition that leads him to launch an unprovoked knife attack on the only colleague who is well disposed toward him, then to sit back while the young man takes the blame and loses his job.
Zama’s incurious and indeed amoral attitude toward his own violent impulses led some of his first readers to compare him with the Meursault of Albert Camus’s novel L’Étranger (existentialism was in vogue in the Argentina of the 1950s, when Zama first appeared). But the comparison is not helpful. Though he carries a rapier, Zama’s weapon of choice is the knife. The knife betrays him as an americano, as does his lack of polish as a seducer and (Di Benedetto will later imply) his moral immaturity. Zama is a child of the Americas. He is also a child of his times, the heady 1790s, justifying his promiscuity by invoking the rights of man—specifically the right to have sex (or, as he prefers to put it, to “lose myself in love”). The configuration, cultural and historical, is Latin American, not French (or Algerian).
More important than Camus as an influence was Jorge Luis Borges, Di Benedetto’s elder contemporary and the dominant figure in the Argentine intellectual landscape of his day. In 1951 Borges had given an influential speech, “The Argentine Writer and Tradition,” in which, responding to the question of whether Argentina should be developing a literary tradition of its own, he poured scorn on literary nationalism: “What is our Argentine tradition?… Our tradition is all of Western culture…. Our patrimony is the universe.”
Friction between Buenos Aires and the provinces has been a constant of Argentine history, dating back to colonial times, with Buenos Aires, gateway to the wider world, standing for cosmopolitanism, while the provinces adhered to older, nativist values. Borges was quintessentially a man of Buenos Aires, whereas Di Benedetto’s sympathies lay with the provinces: he chose to live and work in Mendoza, the city of his birth in the far west of the country.
Though his regional sympathies ran deep, Di Benedetto as a young man was impatient with the stuffiness of those in charge of the cultural institutions of the provinces, the so-called generation of 1925. He immersed himself in the modern masters—Freud, Joyce, Faulkner, the French existentialists—and involved himself professionally in cinema, as a critic and writer of screenplays (Mendoza of the postwar years was a considerable center of film culture). His first two books, Mundo animal (1953) and El pentágono (1955), are resolutely modernist, with no regional coloring. His debt to Kafka is particularly clear in Mundo animal, where he blurs the distinction between human and animal along the lines of Kafka’s “Report to an Academy” or “Investigations of a Dog.”
Zama takes up directly the matter of Argentine tradition and the Argentine character: what they are, what they should be. It takes as a theme the cleavage between coast and interior, between European and American values. Naively and somewhat pathetically, its hero hankers after an unattainable Europe. Yet Di Benedetto does not use his hero’s comical hispanophilism to push the case for regional values and the literary vehicle associated with regionalism, the old-fashioned realist novel. The river port where Zama is set is barely described; we have little idea how its people dress or occupy themselves; the language of the book sometimes evokes, to the point of parody, the eighteenth-century novel of sentiment, but it more often calls up the twentieth-century theater of the absurd (Di Benedetto was an admirer of Eugène Ionesco and of Luigi Pirandello before him). To the extent that Zama satirizes cosmopolitan aspirations, it does so in a thoroughly cosmopolitan, modernist way.
But Di Benedetto’s engagement with Borges was more far-reaching and complex than mere critique of his universalism and suspicion of his patrician politics (Borges called himself a Spencerian anarchist, meaning that he disdained the state in all its manifestations, while Di Benedetto thought of himself as a socialist). For his part, Borges clearly recognized Di Benedetto’s talent and indeed, after the publication of Zama, invited him to the capital to give a lecture at the National Library, of which he was director.
In 1940, along with two writer colleagues associated with the magazine Sur, Borges had edited an Antología de la literatura fantástica, a work that had a far-reaching effect on Latin American literature. In their preface the editors argued that, far from being a debased subgenre, fantasy embodied an ancient, preliterate way of seeing the world. Not only was fantasy intellectually respectable, it also had a precursor tradition among Latin American writers that was itself a branch of a greater world tradition. Borges’s own fiction would appear under the sign of the fantastic; the fantastic, deployed upon the characteristic themes of regional literature, with the narrative innovations of William Faulkner added to it, would give birth to the magic realism of Gabriel García Márquez.
The revaluation of the fantastic advocated by Borges and the writers around Sur was indispensable to Di Benedetto’s growth. As he testified in an interview shortly before his death, fantasy, coupled with the tools provided by psychoanalysis, opened the way for him as a writer to explore new realities. In the second part of Zama, the fantastic comes to the fore.
The story resumes in 1794. The colony has a new governor. Zama has acquired a woman, a penniless Spanish widow, to satisfy his physical needs, though he does not live with her. She has borne him a son, a sickly child who spends his days playing in the dirt. Her relations with Zama are entirely without tenderness. She “allows him in” only when he brings money.
A clerk in the administration named Manuel Fernández is discovered to be writing a book during office hours. The governor takes a dislike to Fernández and demands that Zama find a pretext for dismissing him. Zama reacts with irritation, directed not at the governor but at this hapless young idealist, “this book-writing homunculus” lost in the outer reaches of Empire.
To Zama, Fernández innocently confides that he writes because it gives him a sense of freedom. Since the censor is unlikely to permit publication, he will bury his manuscript in a box for his grandchildren’s grandchildren to dig up. “Things will be different then.”
Zama has run up debts that he cannot settle. Out of kindness, Fernández offers to support Zama’s irregular family—indeed, to marry the unloved widow and give the child his name. Zama responds with characteristic suspiciousness: What if it is all a scheme to make him feel indebted?
Short of money, Zama becomes a boarder in the home of a man named Soledo. Included in Soledo’s household is a woman, seen only fleetingly, who is at one point claimed (by the servants) to be Soledo’s daughter and at another to be his wife. There is another mystery woman too, a neighbor who sits at her window staring pointedly at Zama whenever he passes. Most of Part 2 is concerned with Zama’s attempts to solve the riddle of the women: Are there two women in the household or just one, who performs rapid changes of costume? Who is the woman at the window? Is the whole charade being orchestrated by Soledo to make fun of him? How can he get sexual access to the women?
At first, Zama takes on the riddle as a challenge to his ingenuity. There are pages where, with a nudge from his translator, he sounds like one of Samuel Beckett’s heroes of pure intellect, spinning one far-fetched hypothesis after another to explain why the world is as it is. By degrees, however, Zama’s quest grows more urgent and indeed fevered. The woman at the window reveals herself: she is physically unattractive and no longer young. Half drunk, Zama feels free to throw her to the ground and “[take] her with vehemence,” that is, rape her, then, when he is finished, demand money. He is back on familiar psychic terrain: on the one hand he has a woman whom he can despise but who is sexually available, on the other a woman (or perhaps two women) who, in all her/their “fearsome charm,” can continue to be the unattainable (and perhaps inexistent) object of his desire.
Zama took a long time to gestate but was written in a hurry. The haste of its composition shows most clearly in Part 2, where the dreamlike topography of Soledo’s residence will be as confusing to the reader as it is to Zama, drifting from room to darkened room trying to grasp what it is that he is after. Confusing yet fascinating: Di Benedetto lets go of the reins of narrative logic and allows the spirit to take his hero where it will.
There is a rap at the door. It is a ragged, barefoot boy, a mysterious messenger who has appeared in Zama’s life before and will appear again. Behind the boy, as if in tableau, a trio of runaway horses are engaged in trampling a small girl to death.
I returned to my quarters as if harvesting the darkness, and with a new faculty—or so it seemed—of perceiving myself from without. I could see myself gradually transformed into a figure of mourning, the shadows, soft as bat’s down, adhering to me as I passed…. I was going to confront something, someone, and I understood that I was to choose it or choose for it to die.
A feminine presence wafts past. Zama raises a candle to the being’s face. It is she! But who is she? His senses reel. A fog seems to invade the room. He staggers into bed, wakes up to find the woman from the window watching over him, “compassionate affection, an amorous and self-abnegating pity in her eyes…[a woman] without mystery.” Bitterly she observes how in thrall he is to the enchantments of “that other glimpsed figure,” and delivers a homily on the perils of fantasy.
Rising at last from his sickbed, Zama decides that the entire episode of “harvesting the darkness” is to be explained—and explained away—as the product of a fever. He backtracks from the obscurer regions into which hallucination has been leading him, falters in his hesitant self-exploration, reinstates the dichotomy of fantasy (fever) and reality that he was in the process of breaking down.
To grasp what is at stake at this moment, we need to hark back to Kafka, the writer who did the most to shape Di Benedetto’s art, both directly and through the mediation of Borges. As part of his project of rehabilitating the fantastic as a literary genre, Borges had in the mid-1930s published a series of articles on Kafka in which, crucially, he distinguished between dreams, which characteristically lay themselves open to interpretation, and the nightmares of Kafka (the long nightmare of Josef K. in The Trial is the best example), which come to us as if in an indecipherable language. The unique horror of the Kafkan nightmare, says Borges, is that we know (in some sense of the word “know”) that what we are undergoing is not real, but, in the grip of the hallucinatory proceso (process, trial), we are unable to escape.
At the end of Part 2, Zama, a character in what amounts to a historical fantasy, dismisses as insignificant because unreal the hallucinatory fantasy he has just undergone. His prejudice in favor of the real continues to hold him back from self-knowledge.
After a gap of five years, the story resumes. Zama’s efforts to secure a transfer have failed; his amours seem to be a thing of the past.
A contingent of soldiers is being sent out to scour the wilds for Vicuña Porto, a bandit of mythical status—no one is even sure what he looks like—on whom all the colony’s woes are blamed.
From the time he spent as corregidor, Zama recalls a Vicuña Porto who fomented rebellion among the Indians. Though the troops are to be led by the incompetent, pigheaded Capitán Parrilla, Zama joins them, hoping that a spectacular success will advance his cause.
One dark night on the trail a nondescript soldier takes Zama aside. It is Vicuña Porto himself, masquerading as one of Parrilla’s men and thus in effect hunting himself. He confides that he wishes to quit banditry and rejoin society.
Should Zama betray Porto’s confidence? The code of honor says no; but the freedom to obey no code, to follow impulse, to be perverse, says yes. So Zama denounces Porto to Parrilla and at once feels “clean in every fiber of [his] being.”
Without compunction Parrilla arrests both Zama and Porto. Hands bound, face swollen with fly-bites, Zama contemplates being paraded back in the town: “Vicuña Porto, the bandit, would be no more defeated, repugnant, and wretched than Zama, his accessory.”
But the bandit turns the tables. Murdering Parrilla in cold blood, he invites Zama to join his band. Zama refuses, whereupon Porto hacks off his fingers and abandons him, mutilated, in the wilds.
At this desperate juncture salvation appears in the form of the barefoot boy who has haunted Zama for the past decade. “He was me, myself from before…. Smiling like a father, I said, ‘You haven’t grown….’ With irreducible sadness he replied, ‘Neither have you.’”
Thus ends the third and last part of Zama. In the somewhat too facile lesson that its hero-narrator invites us to draw, searching for oneself, as Vicuña Porto has been pretending to do, is much like the search for freedom, “which is not out there but within each one.” What we most truly seek lies within: our self as we were before we lost our natural innocence.
Having seen in Parts 1 and 2 a bad Zama, a Zama misled by vain dreams and confused by lust, we find in Part 3 that a good Zama is still recoverable. Zama’s last act before losing his fingers is to write a letter to his infinitely patient wife, seal it in a bottle, and consign it to the river: “Marta, I haven’t gone under.” “The message was not destined for Marta or anyone out there,” he confides. “I had written it for myself.”
The dream of recovering Eden, of making a new start, animated European conquest of the New World from the time of Columbus. Into the independent nation of Argentina, born in 1816, poured wave after wave of immigrants in quest of a utopia that turned out not to exist. It is not surprising that frustrated hope is one of the great subterranean themes of Argentine literature. Like Zama in his river-port in the wilds, the immigrant finds himself dumped in an anything but Edenic site from which there is no obvious escape. Zama the book is dedicated to “the victims of expectation.”
Zama’s adventures in wild Indian territory are related in the rapid, clipped style Di Benedetto learned by writing for the cinema. Part 3 of the novel has been given great weight by some of his critics. In the light of Part 3, Zama is read as the story of how an americano comes to cast off the myths of the Old World and commit himself not to an imaginary Eden but to the New World in all its amazing reality. This reading is supported by the rich textual embedding that Di Benedetto supplies: exotic flora and fauna, fabulous mineral deposits, strange foodstuffs, savage tribes and their customs. It is as though for the first time in his life Zama is opening his eyes to the plenitude of the continent. That all this lore came to Di Benedetto not from personal experience—he had not set foot in Paraguay—but from old books, among them a biography of one Miguel Gregorio de Zamalloa, born 1753, corregidor during the rebellion of Túpac Amaru, last of the Inca monarchs, is an irony that need not trouble us.
Antonio Di Benedetto was born in 1922 into a middle-class family. In 1945 he abandoned his legal studies to join Los Andes, the most prestigious newspaper in Mendoza. In due course he would become, in all but name, editor in chief. The owners of the newspaper dictated a conservative line, which he felt as a constraint. Until his arrest in 1976—for violating that constraint—he thought of himself as a professional journalist who wrote fiction in his spare time.
Zama (1956) was his first full-length novel. It received appropriate critical attention. Not unnaturally in a country that saw itself as a cultural outlier of Europe, attempts were made to supply it with a European parentage. Its author was identified first as a Latin American existentialist, then a Latin American nouveau romancier. During the 1960s the novel was translated into a number of European languages, English not included. In Argentina Zama has remained a cult classic.
Di Benedetto’s own contribution to this debate on paternity was to point out that if his fiction, particularly his short fiction, might sometimes seem blank, lacking in commentary, as if recorded by a camera eye, that might be not because he was imitating the practice of Alain Robbe-Grillet but because both of them were actively involved in cinema.
Zama was followed by two further novels and several collections of short fiction. The most interesting of these works is El silenciero (The Silencer), the story of a man (never named) who is trying to write a book but cannot hear himself think in the noise of the city. His obsession with noise consumes him, eventually driving him mad.
First published in 1964, the novel was substantially revised in 1975 so as to give its reflections on noise greater philosophical depth (Schopenhauer comes to figure prominently) and to forestall any simple, sociological reading of it. In the revised edition noise acquires a metaphysical dimension: the protagonist is caught up in a hopeless quest for the primordial silence preceding the divine logos that brought the world into being.
El silenciero goes further than Zama in its use of the associative logic of dream and fantasy to propel its narrative. As a novel of ideas that includes ideas about how a novel can be put together, as well as in its mystical streak, El silenciero very likely pointed the direction Di Benedetto would have followed as a writer, had history not intervened.
On March 24, 1976, the military seized power in Argentina, with the collusion of the civilian government and to the relief of a large segment of the population, sick and tired of political violence and social chaos. The generals at once put into effect their master plan or “Process for National Reorganization.” General Ibérico Saint-Jean, installed as governor of Buenos Aires, spelled out what El Proceso would entail: “First we will kill all the subversives, then we will kill their collaborators, then their sympathizers, then those who remained indifferent, and finally we will kill the timid.”
Among the many so-called subversives detained on the first day of the coup was Di Benedetto. Later he would (like Josef K.) claim not to know why he was arrested, but it is plain that it was in retaliation for his activities as editor of Los Andes, where he had authorized the publication of reports on the activities of right-wing death squads. (After his arrest, the proprietors of the newspaper wasted no time in washing their hands of him.)
Detention routinely began with a bout of “tactical interrogation,” the euphemism for torture, intended to extract information but also to make it plain to the detainee that he or she had entered a new world with new rules. In many cases, writes Eduardo Duhalde, the trauma of the first torture, reinforced by having to watch or listen to the torture of other prisoners, marked the prisoner for the rest of his/her life. The favored instrument of torture was the electric prod, which induced acute convulsions. Aftereffects of the prod ranged from intense muscular pain and paralysis to neurological damage manifested in disrhythmia, chronic headaches, and memory loss.*
Di Benedetto spent eighteen months in prison, mostly in the notorious Unit 9 of the Penitentiary Services of La Plata. His release came after appeals to the regime by Heinrich Böll, Ernesto Sabato, and Jorge Luis Borges, backed by PEN International. Soon afterward he went into exile.
A friend who saw him after his release was distressed by how he had aged: his hair had turned white, his hands trembled, his voice faltered, he walked with a shuffle. Although Di Benedetto never wrote directly about his prison experience—he preferred to practice what he called the therapy of forgetting—press interviews allude to vicious blows to the head (“Since that day my capacity to think has been affected”); to a session with the cattle prod (the shock was so intense that it felt as if his inner organs were collapsing); and to a mock execution before a firing squad when the one thought in his mind was: What if they shoot me in the face? Fellow inmates, most of them younger than he, recalled that he seemed bewildered by the brutal prison regime, trying to make sense of the random assaults he suffered from guards when the essence of these assaults was that they should be unpredictable and—like a Kafkan nightmare—make no sense.
Exile took Di Benedetto to France, to Germany, and eventually to Spain, where he joined tens of thousands of other refugees from Latin America. Though he had a contract for a weekly column in a Buenos Aires newspaper and enjoyed a residency at the MacDowell Colony in New Hampshire, he recalled his exile as a time when he lived like a beggar, stricken with shame whenever he saw himself in the mirror.
In 1984, after civilian rule had been reinstalled, Di Benedetto returned to an Argentina ready to see in him an embodiment of the nation’s desire to purge itself of its recent past and make a fresh start. But it was a role he was too aged, too beaten down, too bitter to fulfill. The creative energy that prison and exile had taken away from him was irrecoverable. “He began dying…on the day of his arrest,” remarked a Spanish friend. “He continued to die here in Spain…and when he decided to return to his own country it was only in search of a more or less decent ending.” His last years were marred by recriminations. Having first been welcomed back, he said, he had then been abandoned to even greater poverty than in Spain. He died in 1986 at the age of sixty-three.
During his exile in Spain Di Benedetto published two collections of short fiction, Absurdos (1978) and Cuentos de exilio (1983). Some of the pieces in Absurdos had been written in prison and smuggled out. The recurring theme of these late stories is guilt and punishment, usually self-punishment, often for a transgression one cannot remember. The best-known, a masterpiece in its own right, is “Aballay,” made into a film in 2011, about a gaucho who decides to pay for his sins in the manner of the Christian saint Simeon Stylites. Since the pampas have no marble columns, Aballay is reduced to doing penitence on horseback, never dismounting.
These sad, often heartbreaking late stories, some no more than a page in length—images, broken memories—make it clear that Di Benedetto experienced exile not just as an enforced absence from his homeland but as a profoundly internalized sentence that had somehow been pronounced upon him, an expulsion from the real world into a shadowy afterlife.
Sombras, nada mas… (1985), his last work, can most charitably be looked on as the trace of an experiment not carried all the way through. Finding one’s way through Sombras is no easy task. Narrators and characters merge one into another, as do dream and represented reality; the work as a whole tries doggedly but fails to locate its own raison d’être. A mark of its failure is that Di Benedetto felt compelled to provide a key explaining how the book was put together and offering guidance on how to read it.
Zama ends with its hero mutilated, unable to write, waiting in effect for the coming of the man who a century and a half later will tell his story. Like Miguel Fernández burying his manuscript, Di Benedetto—in a brief testament penned shortly before his death—affirmed that his books were written for future generations. How prophetic this modest boast will be, only time will tell.
Zama remains the most attractive of Di Benedetto’s books, if only because of the crazy energy of Zama himself, which is vividly conveyed in Esther Allen’s excellent translation. A selection of Di Benedetto’s short fiction (his Cuentos completos runs to seven hundred pages), in translations by Adrian West and Martina Broner, has been announced for 2017 by Archipelago Books. It is to be hoped that some enterprising publisher will soon pick up El silenciero.
Copyright © 2016 by J.M. Coetzee

jueves, 8 de octubre de 2015

DAME PLACER, novela  de Flavia Company - comentarios  de lector



Sobre Dame placer se ha escrito mucho, por ejemplo el artículo de Eva Gutiérrez titulado “Confesiones de un cuerpo salvaje”, que leí y olvidé para que no interfiriera con mi experiencia de lector y, por otra parte, quien busque una reseña o una sinopsis de la novela seguramente la obtendrá “googleando” o “gugleando” (no sé cómo se castellanizará el verbo), y por lo tanto no voy a incurrir en el llovido sobre mojado.    

Entonces, la preguntar obligada es: ¿qué podría agregar a las críticas tan elogiosas y merecidas de Dame placer un simple lector que solo busca disfrutar o conmoverse leyendo un buen libro?

Se trata de poner en negro sobre blanco las sensaciones que siente la protagonista y que a lo largo del texto me fueron conmoviendo, al tiempo que afloraban ciertos hechos reales de mi vida pasada que no viene al caso narrar, pero que se relacionan al tema de la obra.

Si pudiésemos albergar en una sola nube -por usar un término de moda, ya que todo hoy está en la nube- como si fuese otra Arca de Noé, a los psicólogos, psicoanalistas, y psiquiatras de todo el orbe, quizás después de mucho deliberar podrían explicarnos y definirnos esas palabras esquivas que forman parte de todo ser y que en cada uno en particular se manifiestan de distinta manera, pero sobre todo con diferente intensidad: deseo, pasión y amor; pero yo prefiero dejarlos a ellos con su ciencia y sus diferencias, porque las definiciones cosifican y condenan, pero no condicionan las sensaciones que experimentamos con los sentidos cuando leemos.

Desde mi perspectiva el libro cuenta la historia de una pasión, entendida como un rayo que en lugar de caer en ese lago calmo que es el amor para fundirse con él fue a destruir todo aquello que estaba en su camino, por carecer de las defensas necesarias. Y me parece que de eso se trata la novela, de narrar la trampa en la que cayó la protagonista al no haber encontrado un contrapeso o una compensación para el desequilibrio que la pasión le causó. No pudo pasar de la pasión al amor y esa es la frustración que pagó con su desequilibrio psíquico, ya sea una depresión o un brote esquizofrénico que está muy bien planteado cuando la protagonista dice escuchar voces.

Flavia Company ha escrito en ciento cincuenta y cinco páginas de prosa poética una especie de tratado de la desesperación que logra conmover. Es una vívida y lacerante descripción de los instintos viscerales que conservamos como mamíferos y que bien adormecidos están por lo que llamamos "civilización", pues de otra manera volveríamos a la selva, ya que no habría más que instinto. Todo el texto es de una densidad e intensidad tan desgarradora que pude sentir a la protagonista retorcerse por dentro o arder hasta que solo le quedaran las cenizas, como si se tratara de mi propio cuerpo. En ese descenso a los infiernos la protagonista no va acompañada de Virgilio, como en la Divina Comedia, sino de sus propios fantasmas, dudas y contradicciones, que son el resultado de haber apostado todo a una relación sostenida solo por la pasión que terminó en la nada.   

Si me pidieran señalar los párrafos del libro que más me conmovieron, un primer impulso sería resaltar las ciento cincuenta y cinco páginas, pues cada palabra está puesta donde corresponde; pero en un segundo intento, y solo a manera de ejemplo, citaría estos de la impresión 2008 Ediciones B de Argentina:

Página 18

“Dame placer y te daré la vida. El placer es el destino de unos cuantos. Y el destino no es más que lo que a una se le mete entre ceja y ceja”

Página 29

“Se me va la cabeza con los recuerdos. Se me deshace el estómago, se convierte en un cielo nocturno de estrellas punzantes, que son agujeros infinitos, que son pozos de vértigo por los que caigo veloz, veloz, y recuerdo sin remedio, porque no hay manera de tapar esa hendidura por donde aparece todo sin pausa”

Página 58

“Una puede explicar así la pasión, ¿no? Cuando el sabor que encontramos no es el que se anunciaba, sino otro mucho mejor. Algo nuevo, distinto, intenso. Un sabor que nos desorienta, que nos domina, que nos invade y expulsa de nosotros el peso de la soledad” 

Página 43

“Ella decía que a mi voz le quedaba bien decir aljibes y yo, cuando me acordaba, lo repetía. A veces, en lugar de buenos días le decía aljibes. Se reía. Una risa de esas que no se pueden describir”

Y aquí finaliza mi ciencia. Lean el libro, que no los va a defraudar.


CT

jueves, 1 de octubre de 2015

SAURIOS EN EL ASFALTO - NOVELA DE FLAVIA COMPANY

Comentarios de lector, por Carles Tàvec

1.    Comentarios Literarios
2.    Comentarios Político-sociológicos

1.    COMENTARIOS LITERARIOS

¿Qué se puede comentar sobre Saurios en el asfalto como lector?

¿Qué narra las aventuras y desventuras de un grupo de jóvenes en un país imaginario donde las libertades individuales están bajo amenaza permanente?

Tal vez sí, pero no, pues la novela es mucho más que eso. Es una especie de tratado del comportamiento humano y de los tipos humanos en clave literaria frente a episodios más o menos “normales” o situaciones extremas que todos podemos experimentar en algún momento de nuestras vidas.

La historia transcurre en Atalaya, una nación o región imaginaria en la que hay manifiestas diferencias de clase entre la población, marcadas por la zona en la que viven y el tipo de trabajo que realizan. Gobierna una especie de casta y quienes trabajan para ella, es decir, para ese Estado omnipotente y omnipresente, gozan de un pasar privilegiado y deciden sobre el resto de la población, que solo puede circular por los carriles permitidos, siempre sometida a vigilancia y arbitrariedades permanentes.

La novela no alude a ningún régimen político en particular, sino a cualquier gobierno dictatorial, autocrático o democrático que restrinja las libertades individuales y ejerza persecución abierta o encubierta sobre los ciudadanos “problemáticos” o “subversivos”. Por lo tanto, puede referirse tanto a la ex Unión Soviética como a Cuba, o como a las economías llamadas de mercado, pues en ninguno de esos regímenes importa de verdad el ser humano con sus complejidades y necesidades. En ambas concepciones, los individuos son considerados engranajes de una maquinaria más vasta, simples objetos usables y descartables. En el llamado socialismo todavía están esperando al “hombre nuevo” que nunca llegó, y en el capitalismo el “consumidor” está sometido a la tiranía de las tarjetas de crédito y los préstamos, permanentemente estresado y cuadriculado por la amenaza de desempleo y exclusión social, mientras los políticos se dan la gran vida sin hacerse cargo ni pagar por sus errores con la pérdida de sus puestos ni de sus privilegios.  

Saurios en el asfalto gira en torno a un inofensivo proyecto de cambio de vida (de la ciudad al campo) obligado por las circunstancias a que fue sometido unos de los personajes (Rosi)
Tal proyecto es la cuerda floja sobre la que caminan los protagonistas y se deslizan los acontecimientos, pues ese tipo de libertad individual, es decir poder elegir qué hacer, dónde y con quién hacerlo, no estaba permitido en Atalaya.

El gobierno tiene montado un sistema de espionaje para espiar a los ciudadanos, y se vale para ello de agentes infiltrados en la población, actuando como una quinta columna que delata y causa desapariciones y asesinatos, y eso es posible debido a la ingenuidad, la distracción,  y a la excesiva confianza con que actúa el común de la gente. No hay que olvidar el refrán: hombre precavido vale por dos.

Frente a ese contexto policíaco y persecutorio, la galería de personajes de la novela nos muestra un claro contraste entre quienes hesitan, que tienen miedo a mostrarse como son por el qué dirán, o a perder la consideración de los otros si exhiben sus vulnerabilidades, si dicen sin tapujos lo que sienten, en contraste con la actitud resuelta de otros personajes que no vacilan en decir lo que piensan y hacer lo que sienten, mostrando coherencia y determinación. Esa contraposición (a veces en un mismo individuo) constituye un acierto de la novela y está muy bien caracterizada en las propias palabras y actos de cada personaje. 

Un hecho llamativo, que coincide con la época actual, es que ninguno de los protagonistas muestra inclinación hacia la actividad política, situación explicable pues ese tipo de régimen suele perseguir, prohibir, o disolver a los partidos políticos, que son los instrumentos de transformación de la sociedad por antonomasia. Por lo tanto, la ingenuidad y la excesiva confianza, junto con la inexistencia de medidas de seguridad, hizo que el grupo de amigos fuese una presa fácil de los servicios secretos. Divide y reinarás es el lema.

El estilo elegido por la autora se caracteriza por los diálogos de los personajes entre sí y también por los monólogos interiores que cada uno protagoniza rememorando acontecimientos de su vida. Es una obra coral en la que los personajes son conocidos por el lector gracias a sus actos y palabras, y no por la descripción del narrador.
Un personaje muy interesante de la novela es el “Viejo Campos”, que actúa como una especie de conciencia poniendo ante los ojos de los demás lo que no quieren o no pueden percibir con sus sentidos.

Otro acierto de Saurios en el asfalto es que los agentes encubiertos de los servicios secretos no son presentados como psicópatas sino como individuos "normales", capaces de acariciar a un gato, ser padres cariñosos o sufrir raptos de arrepentimiento. Son individuos que hacen ese trabajo como “deber patriótico”, para ganar dinero, para pasarla bien, situación que coincide con los casos reales. Son los tipos que invocan la "obediencia debida" o se justifican diciendo "yo cumplía con mis obligaciones laborales", y en el fondo no se diferencian mucho de quienes oprimen un botón para disparar un misil que en pocos segundos acabará con un hospital donde se atienden niños y ancianos a 500 o a 5 mil kilómetros de distancia. Por desgracia, el dios dinero y el individualismo extremo que la sociedad de consumo insufla de manera permanente a individuos ambiciosos, egoístas, indolentes, e ignorantes, son condicionamientos al estilo de Pavlov que contribuyen a formar saurios, reptiles cuya característica básica es arrastrarse.

Si descartamos la existencia de disturbios mentales graves, deberíamos colegir que el comportamiento de los torturadores y de los represores en general se debe a la carencia de ética, entendida esta como un conjunto de valores que nos permite diferenciar lo que está bien de lo que está mal y actuar en consecuencia. La línea divisoria entre el bien y el mal debería responder a un axioma muy simple: no hagas a otros lo que no aceptarías que te hagan a ti. Si no aceptarías que te torturen, no debes torturar, si no aceptarías que te engañen no debes engañar. Si no aceptarías que te maten, no debes matar. No es este el lugar para explayarse sobre el tema pues requiere de un abordaje multidisciplinario, baste con decir aquí que nada bueno puede pasarnos si siguen proliferando como yuyos estos individuos dispuestos a hacer cualquier cosa para sobrevivir en la jungla de cemento en que se está convirtiendo el mundo.    

El final de la novela queda abierto, porque el tema tratado no se acaba nunca y las situaciones que creíamos superadas vuelven a aparecer una y otra vez. Por lo tanto, el tema del traidor y del héroe seguirá alimentando tanto nuestras fantasías como nuestra realidad.  

Como lector, sólo voy a decir que la clave está en el mosquito. Lean la novela para enterarse del por qué. No se van a arrepentir.

2.    COMENTARIOS POLÍTICO-SOCIOLÓGICOS

Saurios en el asfalto fue publicado en 1997, cuando ya no existía el Muro de Berlín ni la Unión Soviética; pero el atentado a las torres gemelas del 11 de septiembre de 2001, que desató la paranoia, todavía estaba muy lejos, así como la posterior invasión a Irak en 2003, y tampoco se vislumbraba la crisis capitalista más importante desde 1929, que ahora llaman “La gran recesión” y que explotó a fines de 2008 con sus consecuencias negativas sobre el nivel de vida de millones de seres humanos en términos de empobrecimiento y desempleo. Por otra parte, nadie imaginaba que en 2010 se iba a iniciar la “Primavera árabe”, que pintaba en principio como una serie de revoluciones sociales destinadas a trastocar las estructuras de poder autocráticas y que sin embargo quedaron en la nada. La tradición siempre es más fuerte.

A dieciocho años de su publicación, Saurios en el asfalto puede considerarse una novela premonitoria, pues pintó muy bien el futuro que hoy estamos viviendo como presente con relación a la limitación de las libertades individuales. Para muestra bastan dos ejemplos: i) en Estados Unidos rige la "National Defence Authorisation Act" que da vía libre al gobierno para detener por tiempo indefinido y bajo custodia militar a ciudadanos norteamericanos sospechosos de haber apoyado de modo substancial a Al Qaeda, los talibán o "fuerzas asociadas" a estos, y autoriza la detención de ciudadanos extranjeros acusados de mantener vínculos con Al Qaeda; ii) en España, la "Ley de Seguridad Ciudadana" conocida como "Ley Mordaza" autoriza a las fuerzas de seguridad a imponer sanciones administrativas que antes quedaban en manos de un juez. Y hay tantos otros ejemplos que describirlos tornaría a estos comentarios en un mamotreto indigerible.

Los servicios de información de los Estados siempre han espiado a ciudadanos por diversos motivos, pero nunca con el alcance y los medios tecnológicos disponibles en este momento. Son muchos los excluidos del sistema, y las minorías privilegiadas temen que se organicen políticamente y terminen socavando los cimientos del edificio en el que ellos reinan.      

El ejemplo más claro hoy es el Estado Islámico o ISIS, que no vacila en insuflar el terror mediante la decapitación de quienes rechazan su dogma o en castigar a las minorías sexuales con torturas medievales. A su vez, ese Estado Islámico es la consecuencia de la invasión a Irak en el año 2003, decidida por George W Bush en contra del clamor de su pueblo, que se declaró en contra de esa aventura bélica. En 2015, doce años después de la invasión, todo luce peor en esa parte del mundo. Es decir que los dirigentes, cuando ya han sido colocados en sus puestos por sus votantes, no vacilan en ignorarlos y tomar decisiones contrarias a su voluntad. Esto nos dice que en las democracias actuales hay un divorcio entre los ciudadanos de a pie y los gobernantes, que por impericia o interés fallan en su trabajo específico, que no es otro que elevar el nivel de vida de la población en su conjunto, y en su lugar buscar adormecer las conciencias y acallar -mediante datos comprometedores obtenidos por los servicios de inteligencia sobre sus vida privada o sus negocios- a los líderes que pueden encausar las protestas. Lo que prevalece es el nepotismo, el amiguismo, el tráfico de influencias, el soborno, y la corrupción y el favoritismo en el otorgamiento de subsidios y licitaciones. Se benefician los allegados al poder, pero los ciudadanos de a pie siguen sufriendo las peripecias de siempre.

Frente a esta realidad existe todavía la ilusión de la revolución social, que siempre queda en cabeza de una minoría utópica pues los mecanismos de lavado de cerebro que nacieron junto con las sociedades de masas a principios del Siglo XX (ver el documental "The Century of the self" de la BBC) han sido muy efectivos en moldear seres inmaduros, conformistas, cómodos, centrados en sí mismos y por lo tanto egocéntricos, que buscan la salida individual (sálvese quien pueda) en vez de imaginar soluciones colectivas, y que por lo tanto son conservadores por necesidad, dado que quieren conservar primero el empleo para no perder después la casa y el auto, y poder irse de vacaciones o comprar todos los aparatos que la tecnología de punta les ofrece en cómodas cuotas mensuales, sin percatarse de que eso los convierte en esclavos o rehenes modernos. La revolución es un sueño eterno, dice el título de una novela de Andrés Rivera.    

Ese modus operandi de espiar a los ciudadanos y amedrentarlos era muy utilizado por la dictadura cívico-militar de Juan Carlos Onganía en Argentina (1966-1970) y también por el proceso Cívico-Militar que abarcó desde 1976 hasta 1983. Por esa razón, debemos suponer que era un rasgo común de los gobiernos dictatoriales. La novedad es que ahora estamos cayendo en la cuenta de que los gobiernos democráticos también recurren a los  mismos métodos. El avance del fascismo es innegable en este terreno, y hay que pararlo a tiempo.

En resumen, Saurios en el asfalto es una novela que ya en 1997 mostraba la situación hacia la cual tiende hoy el mundo, surcado por diversos problemas y con un marcado sesgo dirigido a limitar las libertades individuales, poniendo como escusa al terrorismo, palabra esta que se define según las circunstancias, que van desde robar un pan para comer hasta volar un edificio.     

Carles Tàvec - 01-10-2015