martes, 11 de agosto de 2015

ENTREVISTA A FLAVIA COMPANY POR SU NOVELA “QUE NADIE TE SALVE LA VIDA”

Por Benito Garrido para CULTURAMAS, la revista de información cultural en Internet – 27/09/2012

A propósito de su última novela titulada Que nadie te salve la vida (Editorial Lumen, 2012), hemos entrevistado a la escritora Flavia Company.
Flavia Company, escritora, traductora y periodista, nació en Buenos aires en 1963, y se licenció en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Barcelona. Su primera novela fue Querida Nélida (1988) a la que siguieron Fuga y Contrapuntos (1989), Círculos en acíbar (1992), Saurios en el asfalto (1997), Dame Placer(finalista premio Rómulo Gallegos, 1999), Melalcor y La mitad sombría (2006). En 2011 publicó La isla de la última verdad, que ha sido traducida con éxito a varios idiomas. Tiene en su haber también libros de relatos, entre los que cabría destacar Género de Punto (2003), y Con la soga al cuello (2009). También ha publicado una colección de microrrelatos, Trastornos literarios, y poesía, Volver antes que ir. Experta navegante y lectora apasionada, la autora se dedica también a impartir cursos de escritura creativa, y desarrolla un blog (www.fcompany.blogspot.com) donde comparte sus ideas con otros internautas.

Un hombre mata antes de morir, y una mujer tiene que saldar esta deuda moral cuando quizá ya es demasiado tarde para el perdón.
Un buen día te levantas, te pones los vaqueros de siempre y la americana de cuero negra, entras en la consulta de un médico y sales sabiendo que te quedan cuatro meses de vida. Sabes también que no vale la pena luchar, así que lo mejor será ir saldando tus deudas y despedirte de lo poco o mucho que el destino te ha dado.
Enzo solo tiene a dos personas a quien decir adiós: ahí está Víctor, su amigo del alma, que un día le salvó la vida, y más lejos, tan lejos que casi no puede ni imaginarla, está Berta, una niña de cinco años que es su hija. Víctor, hombre calculador hasta el extremo de convertir los sentimientos en ecuaciones, le pedirá un último favor. Berta, cuando sea mayor, descubrirá que su padre murió cargando con una culpa que ella tiene que aliviar. ¿Vale la pena intentarlo?, ¿tiene sentido pedir perdón cuando quizá es demasiado tarde?
Como todas las buenas novelas, Que nadie te salve la vida plantea preguntas en vez de consolarnos con respuestas, y el talento de Flavia Company acompaña al lector en una historia donde casi nada es como debería ser.

Entrevista:

P.- Libro de profundas reflexiones sobre la culpa, el perdón y las deudas vitales que todos encajamos alguna vez. ¿Cómo surgió la idea y qué te impulsó a emprenderla?
Tiene que ver todo con la imagen final del libro. Ese sorprendente final es lo primero que a mí se me ocurrió, obligando al lector a repasar hacia atrás todo lo que ha leído. Es como la idea que propone el protagonista de que la muerte es la traducción de la vida: la cercanía del final te obliga a repasar todo lo que has hecho y en este caso leído. A partir de ese final voy estructurando toda la novela, y como yo escribo con la cabeza, cuando termino de hacerlo vuelco sobre el papel.
La idea de partida que me mueve es que yo creo que la supervivencia y la convivencia entre los seres humanos solo es concebible gracias a la empatía. Sin ese aceite que permite lubricar el engranaje de la humanidad, de nuestra existencia humana, nada funcionaría. Y en ese sentido, creo que la empatía tiene también mucho que ver con el perdón.

P.- Perdón y culpa van en tu libro de la mano. Pero ¿no crees que falta una tercera ligazón que sería el castigo?
Mi propuesta es un análisis sobre lo que supone la culpa y lo que supone la responsabilidad. Enzo no se siente culpable sino responsable, y Víctor se siente culpable pero no responsable. Solo la responsabilidad permite la redención. Cuando una persona puede elegir entre el bien y el mal, lo que le atormenta es elegir el mal, sabiendo que podría haber escogido hacer el bien. Eso crea un remordimiento que es lo que le permite su redención: su salvación es reconocer lo que ha hecho. Por el otro lado, la gente que siente culpa en lugar de responsabilidad, no avanza, no crece, pues siempre atribuirá sus actos a las circunstancias.
El premio por hacer el bien es el mismo bien, y el castigo de ser malo es mismamente ser malo. No hay mayor desgracia que cargar con esa maldad, llegar a tu muerte y ver que solo has provocado padecimiento, dolor o injusticia. Y aún así pienso, que el castigo, tarde o temprano llega, por una cuestión de justicia poética y de orden universal.

P.- Hay un trasfondo de maldad que subyace a lo largo de la historia. ¿No hay forma de escapar al mal? ¿Quién lo representa mejor Víctor o Enzo?
Creo que Enzo es una buena persona que comete un acto de maldad, y Víctor es una mala persona. Los actos equivocados, por graves que sean, no te convierten en una mala persona si tú reconoces tu responsabilidad. Esos actos no te convierten en una mala persona sino en una persona equivocada.
En ese caso el haber hecho el mal es algo que tú mismo nunca te vas a perdonar. La buena noticia que yo quiero transmitir en esta novela es que el bien se elige, y el mal también. Se puede elegir.

P.- Las heridas no cerradas terminan por volver a sangrar. El pasado se presenta como una identidad irrechazable. ¿Somos nuestro pasado?
Totalmente. La carta que Enzo escribe a su hija es la representación de la memoria histórica. Si mi novela la lees en clave histórica, más generalista quizás, hay un planteamiento sobre el orden universal y el fluir espiritual. Las culpas que se arrastran a nivel histórico están todavía presentes. Aquello de lo que no se habla, no tiene por qué dejar de existir. Lo intangible y lo invisible existe, y siempre acabará por salir, sería como mentir por omisión. La mentira es como una hipoteca: empiezas por una pequeña, pero dentro de unos años las mentiras te estarán inundando.

P.- Otro tema es la soledad, como razón clave para inseguridades y errores.
Piensa que esta es una novela en defensa del amor, pero no solo del amor de pareja, sino del amor entre los seres humanos. Vamos a querernos… evitemos esa soledad pues las dependencias que se crean a partir de las inseguridades pueden ser realmente profundas.

P.- Hablas de la curiosidad y la fe como dos maneras de enfrentarse a la vida, de la inquietud como rasgo diferenciador de las personas inteligentes. ¿Es mejor vivir haciendo siempre preguntas, cuestionándolo todo, o dejarse llevar por la apatía de la rutina?
Claro está que es mejor vivir haciéndose preguntas. Las preguntas son la vida, porque son el deseo de conocer, de saber, de seguir… una pregunta es un deseo. Y la respuesta es el final de algo. Si tú vives en el final, te has muerto, de ahí que lo interesante sea vivir siempre haciéndose preguntas. Una de las pocas obligaciones de los seres humanos cuando venimos a este mundo, es llegar a ser nosotros mismos, y para eso tenemos que cuestionarnos todo. Y este es un trabajo de vida.

P.- Novela de continuos trazos poéticos que a veces alivian la profundidad del tema central. ¿Crees que esta es la mejor manera de afrontar asuntos tan profundos en el ser humano?
Yo creo que el ritmo en una novela debe ser ágil, y que existan respiros visuales y poéticos para el lector es importante. Esta es una novela muy visual que procura evitar la reflexión continua. Hace pensar está claro, pero en sí, no es una novela reflexiva. Y en determinados momentos, tras muchas acciones, me gusta introducir sentencias que coloquen al lector en ese punto de meditación.


Fotografía de la autora: © Laura Zorrilla.
P.- ¿Podríamos decir entonces que tu novela es más filosófica que de suspense? ¿Más moral que psicológica?
Es una novela moral que bebe de fuentes filosóficas claras. Hace referencia al Dostoievski de Crimen y castigo, a esa sociedad en que la vida tenía otros valores, y con principios humanistas que creo deberíamos analizar. Nuestra sociedad está necesitada de recuperar el entusiasmo por las cosas que no se compran ni se venden. Tengo la sensación que nuestra sociedad de consumo valora sobre todo lo material, aquello con lo que se puede comerciar. Pero realmente, lo importante es aquello que no se puede comprar ni vender: el amor, la amistad, la solidaridad, la ternura, la empatía…
Esta novela plantea debate, enfrenta dilemas morales en cada una de sus partes. Y esto es algo intencionado para hacer pensar al lector.

P.- Pocos personajes pero intensos, profundos, cargados de empatía. ¿Es necesaria la identificación del lector para que la historia funcione?
Es importante sí. Hay muchos personajes con los que identificarse, incluso con alguno de los personajes secundarios. Cada uno de esos secundarios representa valores como la dignidad, la magia o la bondad, y que precisamente son la muestra de lo que defienden los personajes principales.

P.- “Con las palabras se ofrece y se promete, con las acciones se cumple.” ¿Es la literatura una forma de cumplir?
Para mí, sí. La literatura es para mí no solo una vocación, sino un deber moral, de ahí que mi literatura sea siempre comprometida. Aunque por delante pongo la voluntad de estilo y la vocación artística, mis libros siempre son más comprometidos que de entretenimiento.

P.- Tal y como está el panorama, ¿crees que una novela severa con las conciencias es la única manera de remover al lector?
Me gustaría que lo fuese, que esta novela sirviese a los lectores para debatir sobre el mundo delante de un café, que le motivara a eso. Ahora que el mundo pretende hacer del arte un espectáculo y un objeto de entretenimiento, nada más, los escritores tenemos la obligación de alzarnos y decir que esto no es solo entretenimiento, que la literatura es algo más: la transmisión del conocimiento, de la sensibilidad, del saber …

P.- Novela, relato, poesía, blog… ¿Qué prefieres? ¿Cuál crees que es el mejor medio para llegar al lector?
Jamás me planteo si voy a escribir una novela o un cuento… depende de la exigencia de la idea que quiera transmitir, del texto acorde a ella.

P.- Eres muy conocida en Alemania. ¿Crees que son cada vez más valorados los autores en castellano en países tan cerrados como Alemania, Inglaterra, EEUU…?
Yo creo que son casos puntuales. En mi caso ocurrió con La isla de la última verdad, que apareció allí casi al mismo tiempo que en castellano, y que se vendió muchísimo. De hecho, en octubre sale también en EEUU, con una editorial muy reconocida, de grandes autores como Nothomb, Wolf, Hrabal o Kundera. Estoy realmente muy contenta.

P.- ¿Tienes nuevos proyectos de los que nos puedas hablar?
Estoy muy avanzada en un libro de relatos que se publicará en Páginas de Espuma a finales del próximo y que se titulará El destornillador de Texas.

lunes, 10 de agosto de 2015

MELALCOR CONTRA EL GRAN CUADRICULADO

Comentarios de un lector (Carles Tàvec) sobre la obra de Flavia Company “Melalcor”

Há um cansaço da inteligência abstracta, e é o mais horroroso dos cansaços. Não pesa como o cansaço do corpo, nem inquieta como o cansaço do conhecimento e da emoção. É um peso da consciência do mundo, um não poder respirar da alma.

Hay un cansancio de la inteligencia abstracta, y es el más horrendo de los cansancios. No pesa como el cansancio del cuerpo, y tampoco inquieta como el cansancio del conocimiento y de la emoción. Es el peso de la conciencia del mundo, un no poder respirar del alma.

Fernando Pessoa, El libro del desasosiego.  Párrafo de las páginas 95 y 96 de Melalcor, en la  edición de Muchnik Editores.

Mi corazón ya no aguanta,/ El modo en que doblas la manta,/Y si te vas no volverás,/ ¿Por qué será que no llega mi muerte/ si al fin y al cabo no soy tan fuerte?/ Y tú eres consciente/ con tu lúcida mente/ Adiós, pues, mi amante,/ has cumplido muy galante.

Señora Savalt  

El título de este conjunto disjunto de comentarios es más propio de un comics que de una novela, y sin embargo es el que mejor refleja mi lectura de Melalcor.

Confieso que he leído una nota del diario El País del año 2001, y también algunos escritos que flotan en la web en los que se comenta la obra; pero mi enfoque diverge de esos al no ser una crítica literaria que no estoy capacitado para hacer, sino opiniones subjetivas que hasta pueden contrastar con la idea en torno a la cual la autora escribió la obra.

Coincido en que el problema de la identidad (quién soy), en íntima relación con el concepto de personalidad (cómo soy) está presente en Melalcor; pero no asocio ese aspecto con la heterosexualidad, la homosexualidad, o la bisexualidad, sino con la cuestión más profunda del ser.

No es este el lugar para explayarse sobre aspectos de la Psicología, por eso solo diré que la obra me resulta junguiana en cierto sentido, desde que hace patente las contradicciones desgarradoras que aquejan al individuo narrante (él/ ella), ya que mientras su conciencia lo/ la obliga a acatar su rol predeterminado dentro de la familia (vista como institución caduca) y a responder como persona (máscara) según lo que se espera de él/ ella, el inconsciente le exhibe sus deseos en primer plano, empujándolo hacia una liberación que por indecisión le cuesta realizar. El resultado es una neurosis manipulada con habilidad por el entorno. El individuo narrante se siente tironeado y entra en la desesperación antes de encontrar el camino. Por eso me parece un acierto de la obra haberles dado carácter autónomo a La Gran Culpa y a La Gran Fuerza Creadora, como si fuesen dos personajes que encarnan fuerzas contrapuestas, una lucha de titanes.

Padre omnipotente y golpeador, madre sumisa (“la estreñidita”), y hermano mayor preferido por causa de su adaptación al sistema tejen un lazo muy fuerte como para que el narrador intente liberarse. Prefiere engañarse y tratar de alcanzar la zanahoria, aunque eso signifique renunciar a lo que quiere; pero cada día que pasa la hortaliza está más lejos….

El miedo a sentir, es decir, el miedo a ser, a comprometerse, que en definitiva es miedo a crecer, espanta al individuo narrador, que en un huida hacia adelante escinde el sexo del amor, porque el sexo es pasajero, satisface una necesidad y ya; pero el amor exige continuidad, renunciamientos y cuidados, un entregarse en cuerpo y alma, y eso le provoca pánico.

Con prosa antibarroca, que podría leerse a la velocidad de la moto que conduce el individuo narrante, la autora ha escrito un alegato en contra de ciertas convenciones sociales e instituciones, y en contra de esa necesidad en parte insana de clasificarlo todo, de cuadricularlo, de medirlo, pesarlo y empaquetarlo, como hace Lola, uno de los personajes.

Pero “ojo al piojo”, como decimos en la Argentina, pues detrás de esa escritura sin lastre cada párrafo es como un iceberg: concentra no solo la densidad de las palabras escritas sino también el peso de las otras, las sumergidas, que el lector irá reflotando según sus pálpitos. Por esa razón pienso que puede haber tantas versiones de Melalcor como personas la lean, pues la autora consigue involucrar al lector como copiloto de la travesía, tal vez siguiendo la tradición del maestro Julio Cortázar, al que algunos intelectualoides ningunean por no querer o no poder comprender el enfoque lúdico que de la literatura tenía el Cronopio Mayor.

Los seres humanos somos una especie en tránsito desde la animalidad instintiva de los mamíferos, que se conserva en lo profundo de nuestro cerebro primitivo anestesiada por las represiones, las convenciones y las imposiciones, hacia algo desconocido, de lo que empero somos protagonistas.

Si Melalcor pretendiera dejar un mensaje, tal vez sería este:

Atrévete a ser tú mismo, y a cumplir tus deseos contra todo lo que pretenda impedírtelo.   


  

martes, 4 de agosto de 2015

CRÓNICA DE UNA NOCHE ANUNCIADA: EL TIEMPO, EL IMPLACABLE, EL QUE PASÓ.

Hace apenas unas horas ayer era hoy, es decir 4 de agosto, y yo estaba en Ayacucho 555 a las 19 hs asistiendo a la conferencia “El tiempo de la novela”, a cargo de Juan José Becerra, con la coordinación de Violeta Serrano y Carlos Skliar.

Y debe ser cierto, como se afirmó allí, que la magnitud del tiempo no se mide con un reloj sino por la percepción que tenemos de él según lo que hagamos sea placentero o desagradable, porque a mí las dos horas se me pasaron volando, como ese pájaro que se puso como ejemplo de momento intenso y efímero.

De la charla me quedó que el tiempo es como una lluvia que nos empapa metafóricamente con agua del río de Heráclito, cauce que el filosofar convirtió en devenir que nos atraviesa como nosotros lo atravesamos en una sucesión de vivencias que el artista busca representar en su obra con mayor o menor suerte.  

Siguiendo el hilo del discurso, cada individuo percibe la realidad conforme al momento que está viviendo, con sus premisas, criterios, sensaciones y estados de ánimo, y por esa razón diferenciar los distintos tipos de tiempo es un ejercicio intelectual que solo sirve para que no nos tilden de alienados o ignaros.

La novela es el género de la duración, se dijo, en contraposición con el cuento o la poesía, que representan un momento breve e intenso. La novela se asume como reparación de una realidad que no nos deja tiempo ni siquiera para pensar en las implicancias del no-tiempo, es decir, de todo eso que dejamos de experimentar precisamente por estar viviendo conforme a las pautas de una sociedad que nos adocena con unos lavados de cerebro tan sutiles como efectivos.             

Pienso, en línea con lo que se trató en la charla, que no se puede recrear el tiempo pasado, ni con exactitud ni con aproximación, puesto que como muy bien señaló Juan José Becerra, la memoria es selectiva y además padece de lapsus diversos, y esa es la razón por la cual toda pretensión de reconstrucción del pasado termina en una ficción.

Por último, rescato la definición de escribir como acto bestial, es decir conducido por el instinto de nuestro cerebro primitivo y no por el intelecto, que es racional y limitativo. Sentarse a escribir con regularidad y con ese solo propósito, y hacerlo con disciplina, sin detenerse a meditar sobre lo que se escribe ni corregirlo, es la fórmula de Juan José para no detener la fluencia del relato.

Y el tiempo pasó implacable, y nos fuimos con él.  


 CT   

jueves, 30 de julio de 2015

Un señor muy viejo con unas alas enormes
Cuento de Gabriel García Márquez
         Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.
         Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante. Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.
         — Es un ángel –les dijo—. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la lluvia.
         Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde la cocina, armado con un garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alumbrado. A media noche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en altamar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo.
         El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó un instante su catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca de aquel varón de lástima que más parecía una enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de fruta y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.
         Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada para ver al ángel.
         Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó zumbando varias veces por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que esperaban su turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.
         El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba buscando acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron de que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando le picoteaban las gallinas en busca de los parásitos estelares que proliferaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando de que se levantara para verlo de cuerpo entero. La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo.
         El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.
         Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no sólo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los dormitorios.
         Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron de que no estuviera cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes de que el niño mudara los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al niño no resistió la tentación de auscultar al ángel, y encontró tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no podía entender por qué no las tenían también los otros hombres.
         Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin dueño. Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas delirantes en trabalenguas de noruego viejo. Fue esa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos.
         Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de estos cambios, porque se cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie oyera las canciones de navegantes que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.


miércoles, 15 de julio de 2015

LAS PALABRAS

‎"…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Que buen idioma el mío, que buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras."

Pablo Neruda - Confieso que he vivido

martes, 30 de junio de 2015

CARLOS SKLIAR ENTREVISTADO POR ROBERTO VALENCIA para Micro-revista


Candaya publicó en 2012 No tienen prisa las palabras, un volumen de poesía en prosa donde las observaciones cotidianas convivían con las indagaciones sobre la realidad que el lenguaje propicia desde su desenvolvimiento poético. Skliar es pedagogo e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de la Argentina, y del Área de Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Aprovechamos su visita a España en el mes de mayo para reflexionar con él sobre el lenguaje poético.

Tu primer libro de poesía se publicó en 1981. Pero después no volviste a escribir hasta 2009, cuando editaste en Argentina Hilos después. ¿A qué se debe estos 28 años de silencio?

Creo que cuando uno es joven y tiene cierta pretensión de ser poeta ignora por completo que dejará de ser joven y, en cierto modo, dejará esa poesía o será dejada por ella. Al menos esa poesía que es solo rebelión –o reacción– del cuerpo y del lenguaje; esa extraña y necesaria decisión de escribir apenas para abandonar y destronar la palabra heredada. Quisiera pensar que ese silencio que se instaló en mí durante 28 años fue el secreto de una voz que no encontraba modo de expresión en la poesía, aunque sí en la lectura. No escribía y, sin embargo, la lectura, la soledad en la lectura, seguía transitando por el camino de la poesía o de la poética. Como si allí no hubiera silencio o como si el poeta lo fuera igualmente solo leyendo poesía. Por otro lado, debido a mi trabajo académico, el canon de escritura más científica obró como una suerte de desvío del lenguaje o de cercenamiento de la imagen y la percepción. A veces el lenguaje desobedece, simplemente.
¿Qué sentimientos tenías en todos estos años sin escritura poética?

Es curioso: siempre he pensado que no tengo ninguna propiedad ni potestad sobre la escritura y que mi relación con ella es de pura distracción o bien de pura tensión. Si la muerdo, si la agarro, si sostengo como puedo esa tensión, la escritura se queda conmigo, no se me va, más allá de los resultados. Pero si por alguna razón me torno indiferente, aunque sea por un instante, noto enseguida cierta vacilación, cierta oscuridad, cierto desasosiego. Durante los años que pasé sin escritura poética, aquello que percibí fue sobre todo una ausencia mía, un desprendimiento de algo de mí, una falta de intensidad en el estar en el mundo, una posición austera de melancolía. Hubo de existir un revulsivo, un encuentro, una cierta forma de alteridad para sacudir esa letanía. En mi caso fue la lectura de Hilos de Chantal Maillard y el encuentro con la poeta. Su relación con el lenguaje, su presencia, algunas confesiones comunes, me devolvieron una forma de respiración que creía haber perdido para siempre. Quizá lo que creemos que se ha perdido esté a la espera de su búsqueda.

Dices que hay que forzar para situarse en el plano poético del lenguaje. De un modo ingenuo me gustaría preguntarte si ese forzamiento no es un poco violento, algo que no está sincronizado con la expresión natural.

A veces pienso que la escritura se me escapa de las manos, literalmente. Como si escribir fuera una tensión particular, una relación del todo corporal con la lengua. Por supuesto creo que está antes la pregunta acerca de si hay algo para decir, no importa quien lo diga. No, no creo que se trate de un forzamiento, pero sí de “agarrárselas” con la escritura, cara a cara. Es una relación, si se me permite la expresión, de amorosidad. Cuando una poética ha forzado el lenguaje, cuando lo ha violentado, las palabras resultantes dicen pero no nos dicen, pasan pero no nos pasan, escriben pero no nos inscriben. Pienso ahora en aquello que Hèléne Cisoux cuenta en La llegada a la escritura: “Lo que quiere fluir, es soplo. Y no de cualquier manera. El soplo “quiere” una forma. “¡Escribime!”. Un día me suplica, otro me amenaza. “¿me vas a escribir o no?”. Esta es, también, mi experiencia: a veces la escritura me suplica y me amenaza con escribir; otras veces, nada me dice, ni siquiera se da cuenta de que existo.

Me parece que tu poesía es una poesía del lenguaje y de la observación. En tu libro No tienen prisas las palabras encuentro varios poemas sobre la no obediencia del lenguaje, que siempre parece a punto de rebelarse contra el hombre. ¿Cómo es tu trabajo sobre el lenguaje? ¿Tratas de domesticarlo? ¿De ampliar su resonancia? ¿De volverlo contra ti?

No tienen prisa las palabras es un libro escrito de a pie, caminando, en una travesía que resulta ser, también, una encrucijada. El lenguaje me ha desobedecido todo el tiempo y creo no equivocarme si digo que ese es uno de los pocos principios del lenguaje poético que conozco: el lenguaje no está, no es, no existe y hay que salir a buscarlo, a rumiarlo, a sentirlo, a percibirlo, a pensarlo. La batalla es desigual, ciertamente, y entre lo dicho y lo ignorado, entre lo susurrado y lo escrito habrá siempre un vértigo y un abismo que no se resolverá jamás. No intento nunca domesticar el lenguaje, necesito a cada momento el extrañamiento, la sensación de que le soy ajeno al lenguaje y que el lenguaje lo es conmigo. Pero he aprendido de Peter Handke esa posibilidad de reaccionar con el lenguaje, de sustraerlo de la comunicación y la información y de acercarlo y acercarme a una especie de expresión, digamos, perceptiva: escuchar, tocar, mirar, oler, saborear el lenguaje y el mundo. La cuestión sería: cómo exponernos al mundo y al lenguaje, a la vida y a sus palabras ¿desde una posición de altura, de privilegio, de artificio? ¿O bien desde una radical perceptiva, de afección?

¿Esta rebeldía del lenguaje hace que el ejercicio poético tenga algo de azaroso?

Me parece que lo que vuelve azaroso lo poético es, justamente, el laberinto de la travesía, la incapacidad de trazar líneas rectas o utilitarias, el modo en que nos exponemos a lo que percibimos. En No tienen prisa las palabras  mi sensación ha sido más la de interrupción que la del azar. Quiero decir: atravesar el mundo supone –lo disimulemos o no, lo encarnemos o no– un permanente encuentro y desencuentro con cuerpos y voces de desconocidos. Estar en el mundo y estar en la poesía tal vez supongan algo parecido: desestimar cualquier idea o vestigio de normalidad, de habituación, de ese encogimiento de hombros que significa que “así son las cosas”. Allí se muere parte del mundo y, también, parte de uno mismo. Si de verdad escuchamos, si de verdad miramos, si de verdad nos pasa algo más allá del relato apacible de nuestra existencia, las interrupciones comandan el lenguaje, ofrecen una suerte de dictado: “Escribir, entonces, mirándote a los ojos, deseando tu dictado”. Es al mundo a quien quisiera mirar a los ojos; es al otro a quien le ruego su dictado.

Dices: “Necesito a cada momento el extrañamiento, la sensación de que le soy ajeno al lenguaje y que el lenguaje lo es conmigo”. ¿Por qué es necesario para ti ese extrañamiento?

Sin extrañamiento, sin perplejidad y, en cierto modo, sin el desvanecimiento del“yo” no podría pensar en la escritura de lo poético. Tener dominio del lenguaje no deja de ser una ilusión, una creencia, pero también una traición hacia uno mismo. ¿Qué anima a la escritura? ¿Qué origina el gesto del escribir sino esa extraña necesidad de traducir como se pueda aquello que excede a la razón, lo que provoca zozobra, lo que desborda, lo que se ignora y se seguirá ignorando? Lo ajeno, lo otro, es también la distancia necesaria para que algo ocurra: si todo fuera interioridad, si todo tuviera que ver con lo que forma parte de mí y es mi reino, si cada escritura procede de una voz certera y confesional: ¿dónde está la extrañeza de lo diferente, de lo que no se repite, de lo que es contingente? ¿Cómo sería posible escribir sin sentir de verdad que es posible mirar, como decía Pessoa, como si fuera por primera vez? A mi modo de ver la escritura poética supone una pérdida del control, que las palabras hagan su travesía en mí, que mi cuerpo sea el hogar del lenguaje. Y, como se sabe, toda morada supone hospitalidad y hostilidad: encuentro y desencuentro.

Pero, ¿por qué hay que salir a la búsqueda de algo que nos desborda?

No, no hay que salir. Hay que salirse, que es distinto. Irse fuera es estar expuesto, es atender, es escuchar, es ser paciente y, de algún modo, también pasional. Sucede que el mundo me es mucho más interesante que este “yo” que lo percibe y ordena. No busco el desborde, pero siento en carne viva el paso de los desconocidos, el azar de las conversaciones, las irrupciones de lo inesperado. De ello se tratará el próximo libro: una escritura que nace a partir del estremecimiento diario. Por ejemplo: “Cuando amanece la señora de rostro blanco se apoya en su balcón de malvones jamás abandonados y mira el paso de la gente a través de la calle o, quién sabe, el paso de la calle a través de la gente. El universo es todo aquello que cabe en su mirada. No sería posible reconocer esa calle si no fuera por la mujer de tez de luna inmutable. “Se está bien allí ¿verdad?”, le digo una tarde de lunes, más o menos a las cinco. Con su voz bellamente agrietada, me responde: Sí, se está bien afuera. Es que adentro hay demasiados recuerdos”. Me desborda algo, alguien, que no busco y que, sin embargo, existe, está. Me pregunto, entonces, si escribir no tendrá que ver, también, con encontrarse con lo desconocido y con los desconocidos e intentar que el lenguaje no traicione la sorpresa, esa forma inexacta que asume la perplejidad.
Y esa búsqueda de lo que nos desborda, ¿no es una pretensión vanidosa, arrogante, un decir “aquí va el superhombre, a pecho descubierto, a batirse contra las tinieblas”?

No  siento a priori que alguien necesite que algo le sea dicho y, aún menos, que seré yo quien lo diga. Tampoco pienso que hay que hacer transparente el mundo para que otros lo comprendan. Carezco de esa vitalidad impune. No asumo como propia ninguna noción de posible misión para la escritura. Pero no dejo de pensar que el mundo ocurre entre brumas y que estamos siempre expuestos desde una desnudez extrema. Lo que nos desborda es lo incomprensible y el lugar de fragilidad en el que nos encontramos. Hace poco escribí: “Nadie me ha pedido estas palabras. Lo que dicen no proviene ni de un rostro, ni de un recuerdo confundido por el tiempo, ni de ninguna herida expuesta. Se escriben porque sí, porque existe el mientras tanto, porque hay cosas que no son ni están dentro o fuera; son como ese llanto o esa risa que no viene a cuento de nada; hábitos como señuelos de la soledad o como imágenes que se quedaron huérfanas. Hay palabras que se arrojan al aire, palabras que se amarran al suelo y otras que no dicen nada. Sin embargo, alguien podría suponer que son estas las palabras que esperaba, lo que es completamente cierto. Como si llegaran de otro sitio, de otra época. Como si no tuvieran destino, pero sí destinatarios. Palabras que al leerlas crean, entonces, una curiosa memoria nuestra: los trazos de los nombres y de los pájaros, la infancia que se esconde para no ser descubierta, los abuelos que por la noche regresan. A nadie, a ninguno escribo. A nadie, a ninguno, nunca, le diré qué hay que hacer, cómo soñar, de que lado del sol o de la montaña está su mundo. Porque de cada uno es el silencio. Y de cualquiera podrían ser estas palabras”.

¿Qué le aporta al lector un lenguaje poético como el tuyo? ¿Una ampliación de los límites de la percepción? ¿Una afinación del pensamiento?

Quisiera responder no por lo que intuyo o imagino sino por lo que he recibido de parte de algunos lectores últimamente. Hay tres cosas que me llaman la atención en esos comentarios: primero, el fenómeno de la punta de la lengua. A veces me dicen que lo que escribo es casi lo que hubieran escrito otros si hubieran podido, como si se tratara de un lenguaje al alcance de la mano, a punto de ser pronunciado por varios. Segundo, la percepción que mi escritura es una mezcla no definida entre sensaciones y pensamientos –“sensamientos” como los definió el filósofo Jorge Larrosa–: una escritura que no es de aforismos, que no es de micro-relatos, que no es de poesías, pero que tampoco deja de serlo. Y tercero, la noción de párrafo como respiración. Me comentan que al leer algunos fragmentos la respiración les llega justo al punto final, como si se quedaran conmigo, antes de distraerse con cualquier otra cosa o de desmoronarse con la escritura. De algún modo es esto lo que encuentro, no sé si lo que busco: una fuerte sensación de lo que puede ser común, reunir sin artificios el sentir y el pensar, el escribir como respirar.

¿Puedes poner algún ejemplo del fenómeno “punta de la lengua” que te haya ocurrido recientemente?

Dice Pascal Quignard: “Todos los nombres están ‘sur le bout de la langue’, en la punta de la lengua. El arte consiste en saber convocarlos cuando es necesario (…) La mano que escribe es más bien una mano que hurga en el lenguaje que falta, que avanza a tientas hacia el lenguaje que sobrevive, que se crispa, se exaspera, que lo mendiga de la punta de los dedos”. Cito este fragmento porque ese fenómeno me ocurre en dos sentidos diferentes: a veces me descubro, inadvertido, hablando solo, pronunciando sonidos, realizando gestos sin motivo alguno. Cuando me doy cuenta, es que quizá estaba intentando encontrar una cierta sonoridad a una idea que pugnaba por encontrar su forma en el lenguaje, en la escritura. La calma sobreviene después, primero está esa crispación que se expresa en los movimientos involuntarios y que da rodeos alrededor de la lengua. En otro sentido, me ha ocurrido a veces que al compartir algunos fragmentos o párrafos en las redes sociales, algunas personas expresan aquello de quería decir exactamente eso y no sabía cómo o bien la tentación de los lectores en producir variaciones mínimas sobre lo que escribo: yo hubiera puesto aquella palabra un poco más allá o más acá. La comunión de la punta de la lengua. En la punta de la lengua.

Creo ver que ya te estás rebelando contra algunas formas previas de composición literaria, como el aforismo, el microrrelato. ¿Temes que encasillen tu trabajo en estas formas? ¿Por qué?

Quisiera conservar para mí un pequeñísimo grado de libertad con respecto a esas formas previas. Aunque se que se trata más de una incapacidad que de suficiencia. Al escribir, a cada momento en que algo parecido a la escritura sobreviene, carezco aún de estructura, de género. Mi escritura llega hasta donde llega mi respiración: es lo único que he podido saber y hacer hasta ahora. Por supuesto, me he visto en medio de algunas polémicas intrascendentes a este respecto. Intrascendentes porque no tengo una obra sobre mis espaldas como para poder o necesitar encuadrarme. Pero también porque hay algo de fundamentalmente provisorio y precario en lo que escribo. Hoy y desde hace un par de años mi escritura ha tomado esta forma abreviada, de párrafo: ¿es el resultado de lo que puedo o más bien de lo me es imposible hacer de otro modo? Si lo que escribo es breve  no creo que sea el resultado de una adscripción previa al género. Tengo la sensación que si los párrafos que escribo no se separaran visualmente y se reunieran unos detrás de otros ya no habría una cuestión de brevedad. En cierto sentido no encuentro otra cosa que una poética de largo aliento encarnada en una escritura de soplo corto.
Por otro lado, tu poesía me parece eminentemente filosófica. Y aquí encuentro desde poemas morales hasta observaciones sobre el ejercicio cognitivo. ¿Por qué utilizas la poesía para dar salida a estos contenidos y no el ensayo? ¿Por qué el lirismo y no la dialéctica?

Creo que en mi caso escribir tiene más que ver con un ejercicio del filosofar que con la disciplina filosófica en sentido estricto. Por supuesto no niego mis lecturas habituales de filósofos y su presencia manifiesta en mi escritura, pero es que algunos de ellos son precisamente quienes han pulverizado en cierto modo el lenguaje secreto, encriptado, sosegado, ceremonial y hasta desapasionado de su ciencia: entre otros Nietzsche, al aproximar su escritura al gesto del habla; Deleuze, provocando inmensas grietas de sentido; Derrida, inscribiendo en la escritura la ambigüedad de la palabra, etcétera. Desde un punto de vista más poético, es imposible sustraerme de la lectura de Roberto Juarroz o de Octavio Paz o de Philippe Jaccottet: hay algo de filosófico en ello, en el sentido de una persistente revelación de lo que es incompleto en lo humano. Como si el filosofar y el poetizar fuesen dos modos solidarios de preguntarse por todo lo que aún es inconfesable.
Pero, ¿no te parece que donde llega la poesía jamás llega la filosofía? ¿Que la poesía es, por otra parte, una disciplina más libre que la filosofía?

Después del desacuerdo de Platón, mucha filosofía y mucha poesía ha pasado delante de nuestros ojos y nuestra lectura. Recuerdo, ahora, ese texto bellísimo de María Zambrano, Filosofía y poesía, donde expresa que una de las diferencias entre el filósofo y el poeta radica en la duración del asombro. ¿Qué hacen los filósofos y los poetas con esa duración del asombro o, incluso, con la duración del instante? Cualquier respuesta sería de una generalidad impropia. Pero algo hay allí que podríamos pensar: la tarea de la filosofía –salvo excepciones muy nítidas– resulta de no permanecer demasiado tiempo ni en el asombro ni en el instante y buscar más bien la ley o su regularidad o su estructura o su posible formulación conceptual. Como si su función consistiera en completar el instante y reducir la multiplicidad en una unidad legible; como si se obligara a quitarse de las apariencias; como si necesitara sostener el discurso atento frente a los relámpagos y los estallidos del mundo. Quizá si hubiera alguna tarea en la poesía ella sería la de insistir con el instante, permanecer allí aún enceguecido. Todo lo que quisiera un poeta es que el instante durase. Así lo escribe, por ejemplo, Wislawa Szymborska: “Evidentemente exijo demasiado: tanto como un segundo”. O en este otro fragmento: “Hasta donde alcanza la vista, aquí reina el instante / Uno de esos terrenales instantes / a los que se pide que duren”.

¿Qué viene antes: la percepción o el lenguaje?

Lo primero es el cuerpo, lo que el cuerpo no puede dejar de sentir, ni escuchar, ni mirar, ni pensar, ni decir, ni decirse. En cierta manera creo en un lenguaje habitado por dentro y no apenas revestido por fuera. Como la piel, también el lenguaje toma a veces la forma de un latido cardíaco o de una agitación del respirar o de un extraño y persistente movimiento; otras veces, se convierte en muralla, en defensa, en contención. Me gustaría no utilizar el lenguaje solo como recubrimiento o encubrimiento de la vida. Quisiera ser capaz de un lenguaje como sentido y no solo en lo que puede parecerse a un cierto sensualismo. El lenguaje como desorden, como desobediencia, como una suerte de rebelión frente a un mundo que cada vez nos envejece más de prisa. Un lenguaje a flor de piel, o una piel a flor de lenguaje.
Leyendo un ensayo de Fabián Casas sobre Jorge Aulicino, encuentro esta definición de su poesía: seca, filosófica y emotiva, nada sentimental. Creo que se podría adjudicar tranquilamente a tu trabajo. ¿Estás de acuerdo?

Menos la sequedad, estoy de acuerdo o quisiera estarlo. No hago otra cosa que intentar la humedad en aquello que convoco al escribir: la humedad permanente en los ojos de los abuelos, la humedad de la memoria que no se sostiene, la humedad de los suelos por donde huimos y en donde nos anclamos, la humedad de las sensaciones y de los pensamientos. Lo húmedo como noción de lo inestable, lo casi caído, lo que hunde los pies sobre la tierra, lo frágil; pero también de los paisajes lluviosos, los cuerpos que aman, la soledad y sus murmullos aún por descifrar. Por otra parte, sostengo, sí, la diferencia abismal entre lo emotivo y lo sentimental. Es una frágil y a veces indisimulable frontera en la que me mantengo alerta: lo emotivo es lo conmovedor, lo indisimulable, la reacción sin medida, inclusive cuando aparece bajo la forma del infierno; lo sentimental es la disimulación de la conmoción, cuya única pretensión –y su mayor impostura– es la de una política del efecto y no la poética del desgarramiento.
Tú has escrito un diccionario titulado Lo dicho, lo escrito, lo ignorado, donde redefines con brillantez las palabras que consideras importantes: lector, dolor, ciudad, conversar, fracasar, tiempo… ¿Por qué redefinir estas ideas?

En principio no tuve la pretensión manifiesta de escribir un diccionario. Lo que venía sintiendo era la necesidad de volver a pronunciar el lenguaje, mi lenguaje, de ponerle voz, de darle vida. Como si sintiese que muchas palabras se hubieran caído al suelo y las estuviésemos pisoteando todo el tiempo. Decía Juarroz: “Para construir con ellas un nuevo lenguaje / Un lenguaje hecho solamente con palabras caídas”. Como si ya no pudiéramos conversar con el lenguaje a través de esas palabras o como si no hubiera nadie dentro. Durante seis años, junto a mi sobrino Diego Skliar, hicimos un programa de radio llamado “Preferiría no hacerlo”. Cada programa, una palabra: para rodearla, acecharla, indagarla, desnudarla, sin ningún ánimo de definición o de clausura. En Lo dicho, lo escrito, lo ignorado –en el que reescribí parte de aquellos guiones radiales– hay un procedimiento distinto al de los diccionarios corrientes: comienzo con un ejercicio de pronunciación de cada palabra –el sonido, la palabra en la boca, en la punta de la lengua–, luego un breve ensayo y, por último, una secuencia conceptual de tres dimensiones: la definición del vocablo tal como aparece en los diccionarios, una cita más filosófica o pedagógica y, finalmente, un fragmento poético o literario. Con ello intento, al contrario que una definición o una fijación, el desvanecimiento del sentido único, la disolución de la relación estricta entre una palabra y su significado, la multiplicación casi infinita de su posible pronunciación.

Ese ejercicio de “redefinir” las palabras resignificando el mundo, ¿no es un poco agotador?  

Agotador, infructuoso, imposible. Pero no se trata de esa tarea vana y omnipotente que consiste en creer que hay que inaugurar de nuevo el lenguaje y, con ello, el mundo. No tenemos autoridad, ni moral ni sensible, para semejante pretensión. De lo que se ha tratado es de recuperar el pulso de las palabras, no de redefinirlas. Recuperar aquello que escribió Marina Tsvietáieva: tener una percepción, no una concepción del mundo.
No te pega mucho la solemnidad con la que afirmas que es necesaria una autoridad para crear un nuevo lenguaje. ¿No crees que los nuevos lenguajes poéticos o literarios se crean desde lo periférico, desde lo marginal, incluso?
En la pregunta anterior quise decir que nadie tiene autoridad para inaugurar de nuevo el lenguaje, ni tampoco para inventar el mundo. Quizá si para revelarlo, sacudirlo, perturbarlo, complicarlo, alterizarlo, extender sus posibles límites, pluralizarlo. Pero esta pregunta última me obliga a ser más reflexivo: creo que el lenguaje “no es”, que en el lenguaje “hay”. Lo decía Wittgenstein al referirse a los juegos del lenguaje más allá de todo cierre de su estructura. La literatura es, justamente, la expresión máxima de aquello que hay en el lenguaje y no tanto de lo que el lenguaje es. Se le puede entrar al lenguaje de muchos modos: no tomándoselo en serio, manteniendo una relación de amantes, proponiéndole un vínculo de amistad, pero también sometiéndose, ajustándose a las reglas, en fin: obedeciendo. En No tienen prisa las palabras escribí: “Hay veces que el lenguaje obedece y otras que no. Generalmente no. La piedra, por ejemplo, es una palabra que no te entiende. Un gato es, ante todo, una gramática de rebelión. La luna, obedece claramente. Un deseo –que es la punta más rugosa del lenguaje– supone, a partes iguales, desobediencia y desorden”. En esto creo: que la literatura procede de una suerte de desobediencia del lenguaje. Sin desobedecer al lenguaje no habría escritura.

Para terminar te propongo una posibilidad dolorosa (y disculpa la perversidad). ¿Eres capaz de imaginar otros 28 años sin escribir poesía?

Tendría, entonces, 81 años. Por una parte pienso que habrán pasado demasiadas horas, demasiados días, demasiados instantes perdidos o desvanecidos. Me imagino, entonces, dueño de una memoria pequeña y egoísta, como toda memoria sin escritura propia o ajena. Habré olvidado tantas cosas, quizá algunas importantes. Habré dejado de decir tantas otras, tal vez sin ninguna importancia. Y no quisiera. Tendría un lenguaje más agrio y con pocos indicios de ternura. Pero por otro lado siento que no ocurriría nada diferente: no sería sino un ejemplo más, bastante humilde por cierto, del preferiría no hacerlo.

¿Te poseería la melancolía?

Una melancolía sustantiva, sin matices, ni adjetivos, ni frases subordinadas que intentaran empujar hacia los bordes una voz apagada, casi nula. Sin embargo, mi melancolía no sería la del desgarro sino más bien la tonalidad de un permanente otoño; no la sentiría en la curvatura de la espalda, sino en los costados de los ojos; no tendría tanto que ver con una tristeza definitiva y sideral, sino con un cierto desánimo relacionado con la imposibilidad de humedecer la sequedad del mundo. Sin embargo, ahora que escribo y que creo que no pasarán otros 28 años, siento que la escritura no me quita melancolía: me enfrenta a ella.

Nació en Pamplona en 1972. En 2010 publicó su libro de relatos “Sonría a cámara” en la editorial Lengua de trapo. En Pamplona coordina el Foro de Auzolan, programa estable de actividades literarias.
Su trabajo crítico puede verse en el blog: www.robvalencia.wordpress.com.